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Transcripción

Continuando con nuestro estudio de la santidad de Dios, volveremos otra vez a la experiencia que registró el profeta Isaías. En ella habló de las circunstancias de su llamado, del momento de su consagración a esa tarea divina que Dios puso sobre él.

Debemos recordar que Isaías empezó su testimonio al presentarnos el momento histórico que fue el año en que el Rey Uzías murió. El año en que un gobernante que reinó por 52 años fallece y deja al pueblo de la tierra con un sentimiento de temor e incertidumbre.

Este era un tiempo culminante en la vida de Israel. Algunos miran hacia atrás y dicen que este es un punto de inflexión en el que, desde ese momento, el declive de la prosperidad, la fe, y la esperanza nacional comenzó a acelerarse y el destino de Israel como nación comenzó a desmoronarse.

Una de las rarezas es la coincidencia que se da cuando en el mismo año que muere el rey Uzías, el mismo año en que Isaías fue llamado y consagrado por Dios para ser profeta, una villa fue fundada y establecida a las orillas del río Tíber en Italia. Es el año del nacimiento de la ciudad de Roma. Sería interesante trazar el movimiento en la historia del declive de Israel que coincide con el levantamiento del gran Imperio Romano.

Y en tal cruce de caminos en la historia está el momento en que Dios aparece a Isaías. Él dice, “En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo”. Es significativo que cuando Isaías habla de la experiencia con esta visión, él dice, “yo vi algo”. No dice, “Yo no solo oí algo. Yo no solo imaginé algo. Yo no solo imaginé algo. Yo no solo leí acerca de algo. Es “Yo vi algo”. “Yo vi al Señor, y vi al Señor en un contexto específico. Lo vi en su trono. Lo vi ocupando el asiento de autoridad cósmica”.

Juan nos dice en el Nuevo Testamento que la visión que Isaías tuvo no fue una visión de Dios el Padre, sino que fue una visión de la presencia celestial, mucho antes de la encarnación, era una visión de la presencia celestial de la exaltada segunda persona de la Trinidad.

Antes que María tuviera un hijo, antes que Simeón lo tomara y declarara que está siendo testigo en su carne de la consolación de Israel, Isaías tuvo el privilegio de atisbar detrás del velo, mirar detrás de la cortina del destino de Dios y del plan de Dios para la historia, ver sentado en el cielo en la Jerusalén celestial, en el templo celestial al Rey de reyes y Señor de Señores.

Él dijo: “En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor”. Si observas en tu Biblia, verás que la palabra Señor está impresa de esta manera: S mayúscula y la e, ñ, o y r en minúsculas. En la versión de Las Américas, en el canto de los serafines, donde dice en el verso 3 de Isaías 6: “Santo, Santo, Santo es el SEÑOR de los ejércitos”. Allí podrás notar que hay esa misma palabra SEÑOR, pero todo en mayúsculas.

Es algo muy común encontrar esto en las traducciones de la Biblia, y no se trata de un error tipográfico, sino que los traductores están tratando de señalarnos que algo inusual está pasando aquí— aunque la misma palabra “Señor” se repite en el texto, el hecho de que se impriman de forma diferente indica que hay dos palabras hebreas muy diferentes detrás del texto.

Cada vez que lee SEÑOR en mayúsculas en Las Américas o la NVI, es porque se trata del término hebreo que se traduce en la RV60 como Jehová, el nombre que Dios le reveló a Moisés cuando dijo: “Yo Soy el que soy”. Ese es el sagrado nombre de Dios, el santo nombre de Dios – Jehová.

En el verso 1 está la palabra “Señor”, sólo con S mayúscula y se traduce una palabra diferente, que es el término hebreo Adonai, y que significa simplemente el Soberano, aquel que está revestido con absoluta autoridad. De hecho, el título Adonai es más alto que el título rey porque aun el rey de Israel estaba sujeto a Adonai, el soberano Dios del cielo y la tierra, quien pone y quita reyes.

Y ahora en el año en que el rey más popular, Uzías, ha muerto, y que hay un vacío de poder en la nación, Isaías ve al Señor. Ve a Adonai. Él tiene una visión de aquel que es totalmente soberano. Y lo ve a Él con toda su investidura. Lo ve a Él después de su coronación. Lo ve a Él ocupando el trono alto y sublime.

Imágenes de exaltación, imágenes que demuestran la gloria de Dios, la gloria del Ungido de Dios, la gloria de Cristo. Entonces, es en ese contexto en que tiene la visión de las cámaras interiores del cielo mismo. Él dice que, “… sus faldas llenaban el templo”. Permítanme ir hacia atrás en este verso en donde habla de la vestimenta del Señor Soberano que lo abarca todo, llenando completamente el templo.

¿Cuál templo? Isaías no nos lo dice, y, quizás Isaías está teniendo esta experiencia en el templo terrenal en Jerusalén. Esa es una posibilidad, pero la mayoría de los expertos en Antiguo Testamento están de acuerdo en que la visión que Isaías tuvo no es algo que simplemente tuvo lugar; podría haber sucedido en el templo terrenal, pero él está viendo dentro del templo celestial, el templo principal del que el templo terrenal no es que una sombra o muestra.

Y mientras él observa al interior de las cámaras del cielo mismo, dentro del lugar donde está el trono de Dios, él ve a la Deidad sentada en su trono, donde la cola de su túnica llena por completo al templo celestial. ¿Qué quiere decir todo esto? Ustedes saben que los reyes de hoy y los reyes de ayer tenían una gran preocupación por los símbolos de su estatus. ¿Cuán grande es su trono? ¿Cuán vasto es su dominio? ¿Cuán glorioso era su cetro? ¿De cuántos vasos de oro podía jactarse de poseer?

Había un sentido en el cual todo el estatus se enfocaba en el lujo de sus vestiduras. Había un tinte real, un color púrpura que era reservado solo para los monarcas. Pero no solo el color de sus vestiduras distinguía su estatus, sino que también el tipo de material que era usado. Algunos usaban visón, otros usaban chinchilla, otros marta, algunos armiño. Así la grandeza de cada cual estaba relacionada con la piel preciosa que usaban. Pero junto con eso, el tamaño de la túnica lo decía todo. Recuerdo que uno de los primeros eventos televisados internacionales transmitidos por televisión en los Estados Unidos fue la coronación de Isabel, que iba a ser reina, la monarca del Imperio Británico. Y la pompa y la fastuosidad que solo los británicos pueden manifestar fue magnífica en esa ocasión. Y los comentaristas estaban hablando acerca de la estatura real de la princesa mientras ella entraba a la Abadía de Westminster y se acercaba al trono. Y mientras marchaba por el pasillo, ella vestía ese traje glorioso y magnífico cuya cola era tan larga que requería de algunos pajes que caminen detrás de ella sosteniéndola para que no se ensucie con el suelo. No recuerdo el largo exacto de la cola de su traje, ¿3 metros, 5 metros? ¿Quién sabe?

Recuerdo el día de mi boda, y me acuerdo que la tradición en muchos lugares es que el novio no está permitido de ver a la novia en el día de la boda hasta que ella desfile con la marcha nupcial al inicio del servicio. Por ocho años estuve planeando la boda con mi futura esposa. Ella fue con su madre a comprar su vestido de novia. Yo ni siquiera lo vi. No estaba permitido que lo viera.

Y recuerdo haber salido del costado de la iglesia y haber caminado al frente de la escalinata del presbiterio con el padrino y el ministro, escuchando la música de órgano con gozosa anticipación, y luego pasar por todo el proceso de la entrada de las damas de honor con sus hermosos vestidos.

Y finalmente, los compases del órgano se transformaron en una nueva tonada y empezó a sonar la marcha nupcial.
La madre se levantó, toda la congregación se puso en pie, y mi futura esposa apareció en la parte de atrás de la iglesia y del brazo de su padre que estaba a su lado. Ella desfiló por el pasillo y yo empecé a sonrojarme como un pequeño. Estaba sobrecogido con el asombro. Ese vestido precioso, el traje nupcial. Yo estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Y todavía es algo que atesoro.

En nuestras bodas de plata nos tomamos unas fotografías que conmemoren nuestro matrimonio, yo renté un esmoquin pero mi esposa subió al dormitorio, abrió una caja y de ella sacó su traje nupcial que le quedó perfecto. Yo no hubiera podido entrar en el esmoquin que usé cuando me casé.

Lo cierto es que hacemos tanto barullo y celebramos cosas tales como la vestimenta apropiada para ocasiones especiales, pero la vestimenta que Isaías vio se desenrollaba desde los hombros del rey, y se desparramaban por los lados del trono. Y luego sus gigantescos pliegues bajaban por el santuario, corrían por el suelo y ascendían por los lados de las paredes, rodeando por completo todo el templo celestial. Nunca ha habido una vestimenta así en la tierra. La imagen y el significado simbólico de lo que Isaías observó allí era el atuendo del rey que llamaba la atención sobre un tipo de majestad que no conoce paralelo en la tierra. Es una majestad trascendente la que él observa, porque “… sus faldas llenaban el templo”.

Y luego Isaías describe los seres que acompañaban y rodeaban al rey. Él dice, “Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban”. Isaías se tomó el tiempo para darnos una descripción detallada de la estructura anatómica de esos seres angelicales, esos seres angelicales que son mencionados solo aquí en la Escritura.

Hemos oído a través de la Biblia de varias clases de ángeles, arcángeles y querubines que los pintores renacentistas representaron como ángeles bebés. Sin embargo, aquí tenemos las descripciones de los serafines, criaturas creadas por Dios con seis alas. ¿Por qué seis alas? Ellos no necesitaban seis alas para volar. ¿Son las otras cuatro alas apéndices innecesarios, vestigios inútiles? No, había propósito para esas alas. Con dos alas cubrían sus caras. Con dos alas cubrían sus pies. Y con dos alas volaban. ¿Por qué tenían que cubrir sus caras?

Podrán notar que el propósito y la función por la cual esas criaturas fueron hechas era para servir en la inmediata presencia de Dios. Los serafines son una parte integral de las huestes celestiales, ángeles que atendían a Dios todo el tiempo. Y esos seres angelicales han sido equipados por su Creador para ser capaces de adaptarse a su ambiente. Esa es la forma en que Dios hace las cosas. Crea peces y les da aletas. Les da branquias porque su hábitat natural es el agua.

Cuando Él creó las aves, les dio plumas, les dio alas porque estaban diseñadas para estar en un ambiente específico en el que deberían volar por el aire. Entonces, ¿Cuál es el hábitat, cuál es el ambiente de un serafín? Es la inmediata presencia de Dios. Y así Dios los equipo con apéndices que estaban diseñados para cubrir sus rostros.
Sabemos que en la Escritura se nos dice de los seres humanos que ninguno podrá ver a Dios y vivir.

Recordamos cuando Moisés buscó con fuerza la visión beatífica, ser capaz de observar directamente al rostro de Dios sin ningún velo. Él había experimentado la presencia de Dios; conocía del poder de Dios. Había sido testigo de los tremendos milagros de redención en la batalla con el faraón, pero Moisés no estaba satisfecho con todo eso. Cuando subió al Sinaí, le dijo a Dios: “Te ruego que me muestres tu gloria”.

¿Recuerdan lo que le dijo Dios? “Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti… He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas…”.

Literalmente lo que dice en hebreo, “las caderas de Jehová”… pero, “… no se verá mi rostro” “… porque no me verá hombre, y vivirá”. No es porque Él sea invisible que no podemos verlo. No es que tengamos alguna deficiencia en los ojos, sino porque hay una deficiencia en nuestro carácter. Una deficiencia en nuestro corazón. No somos puros de corazón, y debido al pecado, no estamos permitidos de contemplar la presencia de Dios.

No estoy sugiriendo que los serafines eran criaturas caídas, que eran pecadores, pero aun esos seres celestiales no caídos y sin mancha están equipados para proteger sus ojos de la ardiente gloria de Dios. Piensa en esto. Aun los ángeles deben cubrirse sus ojos de la luz que es más brillante que el sol del mediodía.

Y les fueron dadas dos alas adicionales para cubrir sus pies. ¿Por qué? Una vez más, cuando Moisés entró en la presencia de Dios cuando se le apareció a él en el desierto madianita, le habló desde la zarza ardiente, diciéndole: “¡Moisés, Moisés!… quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”.

No era santa porque Moisés estaba allí, sino que era santa porque Dios estaba allí. Y nuestros pies son pies de criaturas, pies de barro, y nuestros pies indican que estamos atados a la tierra. Y Moisés es llamado a sacarse el calzado, un gesto simbólico que reconocía que ahora esa criatura está de pie en la presencia del Todopoderoso Dios.

Aun los ángeles cuyo hábitat natural es el cielo mismo son criaturas. Y cuando ellos entran a la presencia de Dios, ellos deben cubrir el signo de su realidad de criaturas. Ellos cubren sus ojos para protegerlos de la gloria ardiente; cubren sus pies para reconocer en humildad que son criaturas delante del Dios viviente.

Pero amados, el propósito de esta descripción de los serafines no es para hablar mucho de nuestra anatomía, sino para hablarnos de su tarea, para darnos un mensaje acerca de la naturaleza de Dios. Ese es el corazón de esta experiencia donde los ángeles claman en respuesta antifonal uno a otro diariamente en la presencia de Dios, “santo, santo, santo”. Este es el mensaje de los serafines que exploraremos en mayor detalle en nuestra próxima sesión.

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo para hoy, quisiera que pensemos acerca de algunas de las palabras que escogimos en nuestro lenguaje para expresar aquello que consideramos extraordinario, maravilloso o grande, palabras que son usadas tan a menudo que han venido a ser populares, palabras de moda de una generación hasta que mueren por trivialidad y estancamiento—palabras como “macanudo” en los 70s o “alucinante” en los ochentas fueron muy populares.

Pareciera como si cada generación tiene sus propias palabras, ¿no es cierto? Creo que una de las palabras que ha perdido valor es “impresionante”. Cuando vemos a un famoso jugador de futbol meter un gol espectacular, decimos que estuvo “impresionante”.

Oímos a un cantante bien dotado y decimos que él o ella es “impresionante”. Si hay una palabra que se puede usar mal es “impresionante”. Esta palabra resume algo que provoca un puro sentido de temor, de reverencia, de quedarme callado, una sensación de asombro.

Hablando con propiedad, solo Dios merece ese epíteto. Solo Dios verdadera y finalmente “asombroso”. Y lo que Isaías ve, y lo que Isaías siente es el compartir el asombro de los ángeles mismos mientras ellos contemplan la presencia de Dios.