Renovando Tu Mente | Lo intocable
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Transcripción

Continuando con nuestro estudio de la santidad de Dios, recordaremos que en nuestra última sesión empezamos a ver el problema de la justicia de Dios, cuando ésta se manifiesta en maneras que son difíciles de entender para nosotros. Y vimos, por ejemplo, la ejecución repentina que Dios dio a los hijos de Aarón: Nadab y Abiú, cuando ellos ofrecieron fuego extraño sobre el altar. Pero eso, por supuesto, es solo uno de esos incidentes en el Antiguo Testamento donde encontramos varios eventos que muestran el repentino derramamiento de ira de Dios sobre las personas. Una de las situaciones más famosas es la muerte de Uza.

Recuerdan esa historia cuando después de que el Arca del Pacto había sido restaurada en Israel y había estado guardada por un tiempo; David quería devolver el Arca a un lugar central de prominencia en la ciudad. Y realizó esta procesión donde en un desfile triunfal el Arca iba a ser regresada a la ciudad. Y el Arca del Pacto sería cargada en un carro de bueyes conducido por seres humanos, y algunas personas caminaban junto a esta carreta de bueyes y el más notable de ellos era un hombre llamado Uza.

Y sucedió algo que arruinó el desfile. Algo pasó que interrumpió aparatosamente esa procesión sagrada donde todos estaban celebrando y animando el regreso del trono de Dios a la ciudad. Leamos el relato de esto en 1 Crónicas 13. Y dice: “Entonces David reunió a todo Israel, desde Sihor de Egipto hasta la entrada de Hamat, para que trajesen el arca de Dios de Quiriat-jearim. Y subió David con todo Israel a Baala de Quiriat-jearim, que está en Judá, para pasar de allí el arca de Jehová Dios, que mora entre los querubines, sobre la cual su nombre es invocado. Y llevaron el arca de Dios de la casa de Abinadab en un carro nuevo; y Uza y Ahío guiaban el carro. Y David y todo Israel se regocijaban delante de Dios con todas sus fuerzas, con cánticos, arpas, salterios, tamboriles, címbalos y trompetas. Pero cuando llegaron a la era de Quidón, Uza extendió su mano al arca para sostenerla, porque los bueyes tropezaban. Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió, porque había extendido su mano al arca; y murió allí delante de Dios. Y David tuvo pesar, porque Jehová había quebrantado a Uza; por lo que llamó aquel lugar Pérez-uza, hasta hoy. Y David temió a Dios aquel día, y dijo: ¿Cómo he de traer a mi casa el arca de Dios?

Entonces vemos que, en este caso, Dios ejecuta nuevamente a alguien de la línea sacerdotal, debido a una conducta inapropiada con el manejo de los utensilios sagrados. Pero nos parece asombroso que Dios actúe de una manera tan aparentemente arbitraria. ¿Tienen la idea? El Arca es llevada en procesión en el carro de bueyes. Y de repente uno de los bueyes tropieza y el carro está a punto de volcarse y lo que está por suceder es que el utensilio más sagrado en todo Israel, el Arca del Pacto, está a punto de caerse del carro, en el barro, en el suelo y quedar cubierto de suciedad; y para evitar que eso ocurra, Uza, quien ha dedicado toda su vida a cuidar de los utensilios sagrados, instintivamente estira la mano para estabilizar el Arca y así evitar que caiga en el barro y se profane.

Uno esperaría que en ese momento las nubes se abrirían y del cielo saldría una gran voz diciendo: gracias Uza. En cambio, Dios lo fulmina y muere. Bueno, este es otro de esos relatos que digo que los teólogos modernos miran a ese evento en la antigüedad y dicen que ven ahí un burdo ejemplo de personas primitivas ingenuas y orientadas mitológicamente que atribuyen a Dios algo que Dios nunca haría.

Seguramente Dios no mataría a Uza por esta acción, que desde nuestra perspectiva realmente fue una acción heroica. Probablemente lo que sucedió fue que Uza había admirado tanto estos utensilios sagrados y el mobiliario sagrado y santo, y nunca en su vida había pretendido tocar alguno de estos objetos con sus propias manos, pero cuando lo hizo, estaba tan aterrorizado que le dio un infarto y cayó muerto. Esa es la interpretación moderna de lo que sucedió.

Pero de nuevo, como en el caso de Nadab y abiú, si miramos hacia atrás, a la institución del tabernáculo y del sacerdocio, y que Dios había apartado a toda una tribu de Israel, los levitas, quienes debían cuidar el templo y los asuntos de adoración en el tabernáculo. Y dentro del grupo o la tribu de los levitas, había varios clanes. Estaban los coatitas, por ejemplo, que eran una sola familia entre los levitas, y la responsabilidad de los coatitas como grupo familiar era cuidar de los utensilios sagrados, levantar la tienda, desmontarla, etc, transportar el mobiliario sagrado. Y también se les dio instrucciones explícitas sobre cómo iban a realizar sus tareas particulares.
Ahora, si recuerdan, esas instrucciones y la forma en que el Arca fue construida, que en las cuatro esquinas de este trono, de este cofre sagrado, había anillos de metal adheridos y el propósito de esos anillos era para que cuando los Coatitas tuvieran que transportar el Arca de Dios, ellos pudieran insertar palos a través de estos anillos y luego poner esos palos sobre sus hombros y así llevar el trono de Dios a pie.

Para empezar, no había, en absoluto, ninguna disposición en la ley con respecto a transportar el arca sagrada en una carreta de bueyes. Tenía que ser cargada. Ahora, recuerdan que fue devuelta a Israel por los Filisteos en una carreta arrastrada por vacas. Pero Israel debía transportarla a pie. Y la razón para todas estas instrucciones detalladas de usar palos y demás fue porque la única ley que no se podía violar era que ningún ser humano debía tocar el Arca de Dios. De hecho, cuando el Arca estaba debidamente colocada en el Lugar Santísimo, solo podía verla una persona, y esa era el Sumo Sacerdote, y aún él mismo, lo podía hacer solo una vez al año, en el día de la Expiación, el cual era el único día donde el sumo sacerdote estaba autorizado a entrar en el Lugar Santísimo, donde estaba el Arca. Y él entraba y esparcía sangre sobre el Arca, pero incluso el Sumo Sacerdote no debía tocar el trono de Dios.

Pero en esta ocasión, cuando los bueyes tropezaron, y el Arca estaba a punto de caer al suelo, Uza extendió la mano y la tocó. Su motivo pudo haber sido justo. Él puede haber estado pensando en querer evitar que el Arca caiga al suelo. Pero, amados, a los ojos de Dios, no era el suelo el que profanaría este mueble sagrado. No hay nada contaminado en la tierra. El barro hace lo que se supone que debe hacer en obediencia a las leyes de Dios. Es una ley de Dios que cuando mezclas tierra con agua, esta se convierte en barro. No hay nada de pecado en eso. Lo que no estaba permitido era tocar el Arca de Dios con manos humanas. La única cosa que podía contaminar el Arca en ese momento, no era el suelo, era Uza. Fueron las manos de Uza las profanas. Y fueron las manos del hombre lo que Dios dijo que nunca debían ensuciar su santo trono. Y Uza olvidó eso, y lo pagó con su vida.

Jonathan Edwards predicó una vez sobre el pecado de la presunción y el pecado de la arrogancia. Y usó como su principal ilustración para el pecado humano de presunción, este suceso en el que un hombre impuro e impío pretendió tocar el Arca sagrada de Dios. Ahora, si Dios nunca hubiera prohibido este tipo de acción y luego fulmina a alguien que realiza tal acción, entonces se podría plantear preguntas razonables sobre la justicia de Dios.

Pero, una vez más, lo que hizo Uza fue una clara y directa violación de la ley de Dios. Y entonces Dios lo ejecutó, dándole la pena que Uza y todo Coatita sabía que era la ley de Dios, que era una ofensa capital tocar esa Arca. Pero aún nos queda una pregunta. ¿No hay misericordia en Dios? Tal vez la ley estipuló que era una ofensa capital hacer tal cosa, pero ¿no es eso en sí un castigo cruel e inusual?
Recuerdo que hace unos años, leía en la revista Time acerca de un incidente que tuvo lugar en el estado de Maryland, donde un conductor de camión fue arrestado por conducta inapropiada. Y cuando la policía vino a arrestarlo, se volvió verbalmente ofensivo con los oficiales que lo arrestaron.

No los atacó físicamente, pero los llamó de todo y en medio de sus maldiciones contra los policías, dijo todo tipo de blasfemia. Así que cuando lo llevaron ante el juez, arrestado por conducta inapropiada, el juez en ese momento tenía pensado darle la sentencia más severa que le era posible otorgar, le iba a caer con todo el peso de la ley por ser tan ofensivo, lo iba a poner en la cárcel por treinta días más una multa considerable. Esa era la pena máxima permitida por la ley.

Pero el juez también hizo uso de una ley que estaba en el código penal de Maryland, la cual prohibía la blasfemia pública, por lo que el juez agregó otros 30 días de encarcelamiento más otra multa razonable debido a que en su conducta inapropiada, este conductor de camión también había blasfemado públicamente.

Y el objetivo de este artículo en la revista Time fue expresar la indignación de la revista contra este castigo cruel e inusual mediante el uso de un código penal anticuado acerca de la blasfemia pública. Decía: ¿en qué tipo de cultura vivimos, donde se sentencia a alguien con 30 días de cárcel más una multa y todo porque blasfemó el nombre de Dios en público?

Cuando leí eso, pensé que el camionero realmente estaría feliz de saber que no vivía en Israel, porque si hubiera hecho en Israel lo que hizo en Maryland, no le habría tocado 30 días de prisión más una multa, le habría tocado pena de muerte por tal atrocidad contra la santidad de Dios. Pero pensamos que fue atroz el solo hecho que lo multaran porque vivimos en una época impía, en una cultura impía que no tiene respeto por lo que es sagrado.

Así que, cuando leemos el Antiguo Testamento que respira, vive y se mueve en una atmósfera de asombro, reverencia y respeto ante la majestad y la gloria de Dios, nos ofendemos cuando Dios actúa para demostrar su celo por su propia santidad. No solo Uza, no solo Nadab y Abiú, sino que si miramos el Antiguo Testamento, vemos que hay más de 30 crímenes enumerados en el Antiguo Testamento que se mencionan como delitos capitales. Y creemos que el Antiguo Testamento es duro en su justicia.

Hans Kung, el teólogo católico romano, una vez hizo la interesante observación de que existe tal contraste entre el Antiguo y Nuevo Testamento, ya que en el Nuevo Testamento solo hay un delito, si acaso, que podamos considerar como capital y ese es un asesinato; mientras que, en el Antiguo Testamento hubo múltiples crímenes, los cuales todos fueron castigados con la muerte dentro de la comunidad de Israel.

Así que por comparación pensamos que el Antiguo Testamento es duro, y Kung dijo que pasamos por alto la diferencia entre la creación y el pacto mosaico. Él nos recuerda que en la creación, cada pecado es una ofensa capital, que de acuerdo a la creación, el pecado mismo es digno de muerte. La justicia original de Dios fue esta: que el alma que peca, muera. Y no solo el alma debe morir, sino que la sentencia de muerte debe ser impuesta inmediatamente.

Recordamos la advertencia a Adán y Eva. “porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Pero Dios en su bondad redujo las ofensas capitales, desde un número casi infinito de posibles delitos capitales hasta unos 30. Y también mitigó su justicia con su misericordia al permitir que los culpables que han pecado y profanado a Dios, continúen viviendo en su misericordia. Entonces vemos que toda esa gracia está ahí. Pero Kung dice: nos acostumbramos tanto a esa gracia que comenzamos a darla por sentada.

Y así su teoría es, de vez en cuando, en varios momentos donde Dios es tolerante y paciente y considerado con los pecados constantes de su pueblo, de vez en cuando, en la rebelión de Coré, en el diluvio, por ejemplo, en la muerte de Nadab y Abiú, en la ejecución repentina de Uza, e incluso en el Nuevo Testamento, fue una experiencia similar con la muerte repentina de Ananías y Safira, Dios le recuerda a su pueblo la ley, de lo que se trata la justicia máxima y de que cada uno de nosotros podría ser justamente ejecutado en cualquier momento por Dios, por las transgresiones que hemos cometido.

Una vez, recibí por correo un libro de citas y no tenía idea de por qué el editor me lo había enviado. Y comencé a hojearlo, y vi citas de George Washington, de Emanuel Kant, de Shakespeare y de todas esas personas. Y estaba absolutamente asombrado de encontrar una cita mía. Y pensé, ¿qué he dicho alguna vez que valga la pena mencionarlo en un libro de citas? Y miré las citas y encontré algo que yo había dicho en una ocasión con estas palabras: “El pecado es una traición cósmica”. Olvidamos que, en el pecado más leve, el pecadillo más pequeño, cuando pecamos contra Dios, estamos atacando su soberanía. Estamos poniendo nuestra autoridad sobre la suya. Estamos usurpando su derecho a gobernar. De hecho, en cada pecado que cometemos, estamos involucrados en la traición. Nos rebelamos contra nuestro Rey. Socavamos su santo gobierno, pero debido a que Él es característicamente tan amable y paciente, olvidamos lo que está en juego.

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo de hoy, quisiera que pensemos en mi cita que llegó a estar en el libro: que el pecado es una traición cósmica. Dije que hemos olvidado esto y que damos por sentada la misericordia y la paciencia de Dios. Lo mismo hizo Uza. Y lo hizo a tal punto en su vida que se volvió presuntuoso.

Y la advertencia para nosotros está aquí. Lo que el profesor Kung está diciendo es que estos acontecimientos en la historia están registrados para nuestra instrucción y para nuestra advertencia de no dar por sentada la misericordia de Dios, no asumir su tierna bondad y recordar que todos nosotros hemos pecado lo suficiente contra la santidad de Dios como para merecer nuestra ejecución.

Jesús tiene que lidiar con ese problema en la mente de sus propios discípulos. Veremos eso en nuestra próxima sesión.