Las maldiciones del pacto | Ligonier Español
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Transcripción

Continuamos con nuestro estudio del corazón de la Teología Reformada. Hoy quiero que prestemos atención al concepto de pacto. Uno de los nombres más frecuentes que oímos para definir a la Teología Reformada es el término «Teología del Pacto». Para ser sincero con ustedes, yo casi nunca uso ese término, no es que me oponga a él por alguna razón en particular, es solo que creo que puede ser un poco confuso, porque creo que todos los cristianos reconocen que el concepto de pacto es obviamente frontal y central en ambos Testamentos. De hecho, cuando hablamos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, nos referimos al Antiguo Pacto y el Nuevo Pacto, y todos estamos conscientes de la realidad del lenguaje del pacto que aparece disperso a lo largo de las Escrituras. Oímos hablar de un muchos de pactos en el Antiguo Testamento: el pacto que Dios hace con Noé, con la señal del arcoíris en el cielo; el pacto con Abraham, con la señal de la circuncisión; y el pacto en el Sinaí con Moisés. Y hemos oído de Jeremías hablando acerca de un nuevo pacto; y sabemos que, en el Aposento Alto, cuando nuestro Señor celebra la Pascua con sus discípulos la noche antes de Su ejecución, él instituye el Nuevo Pacto, y habla del Nuevo Pacto que es por su sangre, y así sucesivamente.

Y así tenemos este tema repetido sobre pactos en la Escritura. Y la razón por la que a menudo la Teología Reformada es llamada Teología de Pactos es porque esta ve la estructura o el formato del pacto en la Biblia como un elemento crucial en el que todo el plan de redención funciona, y se convierte en una especie de clave para comprender e interpretar el resto de las Escrituras.

Y debido a esto es que la Teología Reformada destaca este motivo central del pacto como el marco en el que se lleva a cabo la redención. Y de nuevo en las categorías teológicas y en términos de las confesiones históricas las iglesias reformadas tienen una tendencia a distinguir entre los tres pactos principales.

Es una designación general, pero quiero tomarme un tiempo para tratar estos temas. El primero se conoce como el pacto de redención, el segundo se conoce como el pacto de obras y el tercero se conoce como el pacto de gracia.

Y lo que quiero hacer hoy es dar una breve explicación de las características distintivas de estos tres pactos. Normalmente pensamos en un pacto como en un acuerdo entre dos o más partes. Tenemos pactos en nuestra propia cultura. De hecho, la forma de gobierno estadounidense se llama, históricamente, un contrato social o un pacto social que implica el consentimiento de los gobernados, que existe un acuerdo entre el gobierno y el pueblo, y que hay ciertas estipulaciones que definen esa relación que buscamos en la Constitución y la Declaración de Derechos.

Nosotros institucionalizamos y consagramos matrimonios sobre la base de pactos. Se hacen promesas y se acuerdan términos, y así sucesivamente. Del mismo modo está la realidad del pacto empresarial o de los contratos industriales, que se ven en las noticias todo el tiempo. Cuando la mano de obra y la gestión están elaborando un nuevo contrato, lo que están haciendo es un pacto, un acuerdo que impone obligaciones a ambas partes, y así sucesivamente.

Bueno, cuando nos fijamos en los pactos bíblicos, el primer pacto que delineamos no es un pacto que, directa e inmediatamente, involucra gente. El pacto de la redención es un concepto teológico que se refiere a la armonía y la unidad de propósito que ha estado en existencia toda la eternidad en términos de la relación mutua y el acuerdo de las tres Personas de la Trinidad.

En esto es que Dios el Padre, Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo están todos de acuerdo desde toda la eternidad, en el hecho de llevar adelante la obra de la redención. Distinguimos entre las personas de la Divinidad en cuanto a las tareas específicas que son realizadas por ellos en la obra de redención.

Leemos en Juan 3:16 que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna». Ahora, el idioma de ese texto de Juan 3:16 es importante. Nosotros no decimos, ni el Nuevo Testamento dice, que Cristo amó tanto al mundo, que convenció al Padre para que perdone sus pecados. Es decir, el Padre envía a su Hijo a este mundo. El hijo no envía al Padre a este mundo.

Es el Padre que diseña el plan de redención y que inicia la obra de redención mediante el envío de su Hijo unigénito al mundo para llevar a cabo su obra redentora como nuestro Salvador y como nuestro Mediador. Y en el Credo de Nicea, en el Siglo IV, se confiesa que después que Cristo lleva a cabo su obra redentora, y Él asciende al cielo, entonces juntos el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo a el mundo para aplicar la obra de Cristo al pueblo de Dios. Así que el Padre envía primero al Hijo y el Padre y el Hijo, juntos, envían al Espíritu Santo.

Ahora bien, esto puede malinterpretarse, ya que sabemos que la expiación, por ejemplo, se atribuye al Hijo, no al Padre o al Espíritu Santo. Y sabemos que el proceso de la santificación es asignado a la obra del Espíritu Santo, no al Padre o al Hijo.

Sin embargo, no es como si el Padre y el Hijo no estuvieran completamente involucrados en nuestra santificación. Toda la creación es una obra Trinitaria. Y el conjunto de la redención es una obra Trinitaria. Toda la dimensión personal de la Deidad está involucrada en todo esto.

Pero el punto para explicar el pacto, el pacto de redención es evitar el error que ha ocurrido más de una vez en la historia de la iglesia de pensar que el Padre y el Hijo están en conflicto entre sí y que el Hijo tiene que persuadir a este Padre enojado para que aparte su enojo del Hijo como si fuera la graciosa idea de Dios, la idea de Dios el Padre en primer lugar, o la idea de que Cristo realiza su obra a regañadientes.

Él viene a Getsemaní y ora al Padre: «pasa de mí esta copa». Entonces ¿que continúa diciendo? «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Y no es como si el Hijo dijera «bien, si tengo que hacerlo lo haré», sino, lo que está diciendo es que, si se trata de agradar al Padre, entonces es mi comida y bebida hacer la voluntad del Padre.

El punto con el tema del pacto de la redención es mostrar la completa unidad y el acuerdo que hay en la Deidad desde toda la eternidad en lo que respecta al plan de salvación. Ahora, cuando nos adentramos en la distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia esto genera un poco más de controversia. Pero lo que está a la vista aquí, es esto: el pacto de obras en la teología reformada se refiere al pacto inicial que Dios hace con el hombre, con Adán y Eva en el Paraíso donde Adán representa no solo a él y su esposa, sino su descendencia, toda la gente. Él es Adán, representa la humanidad.

Y Dios creó a Adán y Eva y los pone en una situación de prueba. Él hace promesas de bendición para ellos en caso de que sean obedientes y promesas de juicio sobre ellos en caso de que sean desobedientes, y Él los pone a prueba por así decirlo, diciendo, que si comen del árbol del conocimiento del bien y del mal ciertamente morirán. Y el día que comas de él, ciertamente morirás.

Es decir, se anuncian castigos a las criaturas en el caso de que transgredan el mandamiento de su Creador. Ahora, eso significa que el destino de Adán y Eva y su linaje se determina por su respuesta a la ley de Dios, por su comportamiento, por su obrar. Y por eso se llama el pacto de obras. Dios dice que, si haces buenas obras, vivirás, si haces malas obras morirás. Así de simple.

Ahora a algunas personas no les gusta la distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia porque dicen «bueno ya sabes, Dios ni siquiera tenía que hacer un pacto en absoluto con Adán y Eva. El mismo hecho de que Él se inclinara a tener una relación personal con ellos y les diera la oportunidad de la vida eterna de bienaventuranza en Su reino, era en sí gracia. Y no creo que haya realmente disputa alguna acerca de eso.

Es decir, es obvio que Dios no estaba obligado moralmente a dar un camino de salvación a Sus criaturas. Y aceptamos que el pacto de obras está arraigado y fundado en el carácter eterno de la gracia de Dios. Pero lo que esto significa por distinción es que inicialmente los términos de la relación de Dios se establecen con respecto a la obediencia o desobediencia a Su ley.

Y lo qué pasó fue que Adán y Eva desobedecieron. Ellos violaron el pacto de obras trayendo sobre sí mismos, y sobre todos los que ellos representaban, el juicio de Dios, porque el pacto de la creación había sido violado. Ahora permítanme un segundo para hacer un pequeño paréntesis aquí.

Entendemos que vivimos en una cultura en la que hay diferentes tipos de religiones compitiendo y personas que son seculares y que no tienen tiempo para la religión en absoluto. Y no podrían estar menos interesados en toda esa idea de pacto. Y la gente me pregunta ¿están estas personas en el pacto de Dios?

Y yo les contesto así: primero la pregunta es ¿esta gente es gente? Y si respondemos sí, por supuesto, estas personas son personas, y luego la siguiente pregunta es ¿cuándo Dios hizo su pacto con la creación, lo hizo con todos en el mundo o solo con dos individuos aislados que vivían en un bonito jardín en el Edén?

Ahora, la idea bíblica es que el pacto que Dios hizo con Adán y Eva fue un pacto con toda la raza humana. Bueno, la gente puede negar ese pacto, la gente puede repudiar ese pacto, la gente puede despreciar ese pacto, pero lo que no pueden hacer es deshacerse de él. No pueden anularlo. Y una de las razones del porqué las Escrituras nos lleva a todos a comparecer ante el tribunal de Dios y declararnos culpables ante Dios, es que todos hemos quebrantado su ley.

Todos hemos hecho malas obras. Todos hemos fallado en mantener el pacto original de la creación. Todos hemos dejado de cumplir la obligación que toda criatura debe cumplir: glorificar a Dios, honrarlo como Dios, ser agradecidos con Dios, y obedecer Su ley. Así que la conclusión es que el mundo entero está poblado por quebrantadores del pacto.

Cristo fue enviado a un mundo que ya era culpable ante el Padre por romper la ley del Padre, por violar los términos mismos de la existencia humana, la base misma de la vida humana, según fuimos creados ante Dios. Y eso es lo que se quiere decir cuando hablamos del pacto de obras.

Ahora bien, esto se debe a que el primer Adán falló en el pacto de obras, y Dios hubiera tenido todo el derecho moral, en ese momento, de hacer exactamente lo que los términos del pacto establecían. Él pudo haberlos destruido a ellos y a toda la raza y eso habría sido todo. Pero en cambio condescendió para cubrir su desnudez y prometerles redención a través de Aquel que actuaría como su Salvador. De tal manera que Dios, en ese momento, instituye el pacto de gracia, el cual fue dado a Abraham, el cual fue dado a Moisés, que fue dado en todo el Antiguo Testamento: la promesa de que Dios redimiría a su pueblo, el cual era culpable de acuerdo al pacto de obras, de que Él salvaría a su pueblo a través de otro camino. Esto sí es algo fundamental, porque hay cristianos confesos hoy, que creen, que hay una diferencia fundamental entre cómo Dios salvó a la gente en el Antiguo Testamento, y cómo son salvas las personas ahora o después del Nuevo Testamento.

A pesar de que Pablo trata este punto en el tercer, cuarto, y quinto capítulo de Romanos, usando a Abraham como su ilustración de que la salvación se logra en el Antiguo Testamento por gracia, tal como es en el Nuevo Testamento, y que Abraham no fue justificado por las obras de la ley, sino por la fe en el Mesías prometido. La diferencia está en la diferencia entre promesa y cumplimiento. La gente en el Antiguo Testamento miraba hacia el futuro Redentor prometido, ponían su confianza en Él, y eran justificados por fe en Él. Miramos hacia atrás, hacia la obra que ha sido realizada por el Salvador. Ponemos nuestra confianza en Él.

Y la salvación es, básicamente, la misma ahora que como lo fue entonces. Lo distinto es que tenemos una comprensión más profunda de los puntos y los detalles de la misma, y lo que hace una mayor diferencia es que es un hecho consumado, que la obra de Cristo ya fue realizada en el plano de la historia.

Pero una vez que una persona rompe un pacto de obras, la única forma en que se hace posible restaurar la comunión con Dios es por la misericordia de Dios, no por su justicia. Por su gracia, no por nuestras obras. Y esto es crucial, ya que

vivimos en el tiempo en que la gente todavía anda pensando que pueden ser salvos delante de Dios por sus propias obras, que todavía pueden merecer su camino hacia el reino. No creemos en realidad que seamos deudores que no pueden pagar su deuda.

Olvidamos que los términos del pacto de obras eran bastante rígidos. Ellos exigían la perfección. Y si uno peca una vez, no hay nada que se pueda hacer para compensar eso, porque una vez que la mancha cae en tu nombre, ¿qué puedes hacer para llegar a ser perfecto otra vez? No puedes ser perfecto otra vez, porque la perfección no permitía la más mínima imperfección, pero, por supuesto, cuando nos presentamos ante Dios, venimos con más que una leve mancha.

Venimos con un tipo radical de contaminación delante de Él. Así que esta distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia ha sido realmente diseñada para arrojar luz sobre la naturaleza del evangelio. Ahora voy a decir algo que probablemente va a confundir a todo el mundo. Hemos hablado acerca de la doctrina de la justificación solo por fe, y es sólo por gracia que somos salvos.

Ahora voy a decir algo que a lo mejor les va a dar un infarto. En última instancia, la única forma en que alguien es justificado delante de Dios es por obras. Somos salvos por obras. Y somos salvos solo por obras.

No corten el video. Déjenme explicar esto, por favor. Cuando digo que la única forma en que somos salvos es por obras es: Porqué el pacto de gracia debe distinguirse del pacto de obras, pero nunca estar separado de este. El pacto de gracia es el pacto que Dios instituye para asegurar que el pacto original sea finalmente cumplido. Y cuando digo que estamos justificados por obras y por obras solamente, ¿qué quiero decir? Quiero decir que las bases de mi justificación y las bases de tu justificación son las obras perfectas de Jesucristo. Somos salvos por obras, pero no son las nuestras. Por eso decimos que somos salvos por fe, salvos por gracia, porque las obras que nos salvan no son las nuestras, sino que son obras de otra persona, que se sometió en todos los puntos del pacto de obras. El Nuevo Testamento describe a Jesús como el nuevo Adán.

Él es la nueva humanidad que logra aquello que no pudo lograr Adam. Por la desobediencia de un solo hombre, el mundo se hundió en la ruina, y por la obediencia de otro hombre a la ley de Dios, en todas sus demandas y en perfecta conformidad, Cristo redime a su pueblo, al ganar las bendiciones ofrecidas que Dios había prometido originalmente a Sus criaturas en su nombre. Ahora soy salvo por gracia en la medida en que la obra que me salva no es la mía.

Soy salvo por obras en el sentido de que la base de mi salvación está en las obras del Redentor perfecto, Aquel que desde toda la eternidad estaba dispuesto a asumir la carga de las criaturas de Dios y estaba dispuesto a venir a este mundo a someterse a los términos del pacto original por obras y para cumplirlo por su perfecta obediencia y para que Dios diera a su pueblo todos los beneficios de ese pacto, de tal manera que Él nos da todo lo que Cristo ha ganado, todo lo que Él es, es nuestro cuando confiamos en Él.

Eso es lo que queremos decir con el pacto de gracia. No es que el pacto por obras sea del Antiguo Testamento y el pacto por la gracia sea del Nuevo Testamento. No, el pacto de la gracia está en vigencia desde el tercer capítulo de Génesis, y está en todo el Antiguo y en el Nuevo Testamento, porque está basado sobre la libre gracia de Dios para con los pecadores necesitados.