Renovando Tu Mente | La venida del Reino
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Transcripción

Mientras continuamos con el estudio del drama de la redención, una de las cosas que he estado tratando de darles a entender es la manera en que ese patrón armonioso y unificado fluye a través del Antiguo Testamento hacia el Nuevo Testamento. Recuerden la famosa frase de Agustín cuando dijo que, “El Nuevo estuvo oculto en el Antiguo, y el Antiguo está revelado en el Nuevo”.

Lo que San Agustín estuvo diciendo es que si los cristianos van a entender el contenido de su fe, no pueden ignorar el Antiguo Testamento porque toda la preparación para la venida de Cristo toma lugar en esa historia, y el Antiguo Testamento anuncia la venida de Cristo, predice la venida de Cristo, y establece el marco de referencia para la venida de Cristo. Además, el Antiguo Testamento nos revela el carácter del Padre y el carácter de la ley del Padre, por la cual entendemos el ministerio de Jesús y el evangelio. Sin la ley como marco de referencia, el evangelio no podrá ser nunca entendido propiamente como evangelio.

Y les digo esto porque quizás estamos viviendo un tiempo de descuido sin precedentes del Antiguo Testamento. Ahora, si observamos ambos testamentos y vemos los patrones que se entrelazan a través de todo el tejido de las Escrituras, uno que se destaca como el motivo central en todo el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento es este concepto singular: Es un concepto que llamamos “El Reino de Dios”. El Reino de Dios. John Bright, el famoso arqueólogo y erudito del Antiguo Testamento, una vez escribió un libro con este simple título, “Reino de Dios”.

En el libro mostró cómo este motivo corre a lo largo de toda la Escritura y unos de los temas recurrentes de la Biblia que no debiéramos olvidar en términos del entendimiento del drama de la redención. Sabemos, por ejemplo, que en el Antiguo Testamento, al principio el rey sobre este mundo era Dios mismo, y cuando Él estableció a Adán y Eva en el Paraíso, les dio dominio sobre todo el resto de las criaturas en el planeta.

Pero ellos eran delegados, o lo que conocemos como “vice-regentes” “vice-reyes” “reyes vasallos”, pero el rey supremo sobre el cielo y la tierra era Dios mismo. Y uno de los títulos para Dios en el Antiguo Testamento es el título «Melek”, una palabra hebrea para “rey”. Y así al principio, Dios es visto y es glorificado como el Rey de la Creación. El Dios de los ejércitos. Él es el Señor Todopoderoso quien gobierna sobre su creación de forma soberana, y este rey en el drama de la redención creó una nación única con los judíos y les dio como destino y obligación el ser un real sacerdocio.

Un real sacerdocio—que es uno que estuvo al servicio del monarca, quien era Dios. Y Dios iba a ser su Señor sobre ellos, y los sacerdotes iban a dar testimonio de su realeza—realeza divina—al resto del mundo. Pero lo que pasó muy al principio fue de que después que Dios creó esta nación—sacándolos de la servidumbre y la esclavitud en Egipto y llamándolos su propio pueblo escogido, dándoles su ley en el Monte Sinaí—el pueblo deambuló en el desierto por 40 años antes de que fueran capaces de entrar en la Tierra Prometida.

Y luego hubo un largo período de conquista en Canaán. Ahora, durante ese período, tenemos lo que es llamado como la “anfictionía” o “el período de los jueces”. Y la anfictionía en Israel era la manera en la cual la nación estaba estructurada políticamente. No había parlamento, no había un presidente, no había un rey—o un rey terrestre—sino que Israel estuvo organizada por un tipo de federación libre de tribus—la tribu de Dan, la tribu de Rubén, la tribu de Leví y las demás.

Y algunas veces ellos recibirían el llamado de ir de una tribu a otra cuando necesitaban ayuda debido a que alguna estaba siendo invadida por un poder extranjero. Y ellos actuarían juntos. Y durante ese tiempo, el líder nacional sería alguien que habría sido levantado por Dios y consagrado por el Espíritu Santo con un poder y dones extraordinarios. Ellos eran llamados “jueces”. Gente como Débora, Sansón y Gedeón, por ejemplo, en el libro de los Jueces estuvieron ejerciendo ese tipo de liderazgo. Y luego vemos que finalmente el tiempo de los jueces llegó hasta Elí, y luego de Elí a Samuel.

Ahora, cuando Samuel estuvo juzgando al pueblo, ellos empezaron a ponerse impacientes y fueron a Samuel con un pedido, que era el siguiente: “Queremos tener un rey, así como todas las otras naciones tienen reyes”. En otras palabras, lo que pasó fue que el pueblo judío empezó a despreciar su singularidad. Empezaron a rechazar su vocación singular—ser un pueblo especial consagrado por Dios para ser diferente entre las otras naciones.

Ahora, tuvieron el deseo de copiar a las otras naciones, conformarse a lo que estuviera de moda, al patrón político en el mundo antiguo. Y ellos dijeron, “queremos un rey. Todos tienen un rey. ¿Por qué no podemos tener un rey?”

Y Samuel llevó su pedido a Dios; y si lo recuerdas Dios estaba furioso y dijo que el pueblo lo había rechazado a Él como rey. Y Samuel estaba sintiendo como si ellos lo habían rechazado a él, y Dios le dijo que ellos no lo rechazaban a él, Samuel, como su juez. Que lo rechazan a Él como su rey.

Esto era de lejos mucho más serio que el ser solo sediciosos y rebeldes contra un juez en particular que estuviera sobre ellos—es decir, Samuel—sino que en vez de eso había un completo rechazo de Dios como su monarca y como su rey. Ahora vamos a dejar que ellos tengan un rey, y les daremos un rey. Dile al pueblo que ellos pueden tener su rey, pero que sus reyes los oprimirán, les impondrán impuestos pesados, tomarán sus carruajes, tomarán los caballos, y peor aún, ellos reclutarán a sus hijos para sus ejércitos.

Y ellos que pensaban que iban a tener una vida mucho mejor, pero van a tener una vida mucho peor tan pronto como ellos empiecen a imitar los patrones de vida que encuentran en las naciones paganas alrededor de ellos. Y con eso la monarquía fue establecida, y fue un gran problema desde el mismo inicio.

El primer rey que fue ungido fue Saúl, y sabemos que Saúl llegó a ser terriblemente malo. Y luego, finalmente, David fue elevado al trono de Israel luego de años y años de lucha. Él fue amigo de Dios y se nos dice que fue un hombre conforme al corazón de Dios. Pero aun David cometió toda clase de atrocidades, pero al menos condujo a una edad de oro para Israel, y estuvo consagrado al Dios del Pacto tal como lo revela tan claramente el Libro de los Salmos.

Pero tan pronto como David murió, su hijo Salomón subió al trono y él instituyó la “leva”, que era una norma que esclavizaba a su propia gente con el fin de tener mano de obra barata para ser usada en los inmensos proyectos de construcción de Salomón.

Y la ironía de todo esto es que el pueblo judío tenía la llave de la cerradura cuando ellos habían sido todos rescatados y liberados de la esclavitud en la que habían estado por el Faraón en Egipto. El faraón los usó como mano de obra esclava para construir las ciudades almacén del antiguo Egipto.

Salomón hizo lo mismo, y luego después de Salomón, podrían decir que el reino—la monarquía judía—alcanzó su pináculo durante su segundo rey. La edad de oro de Israel fue durante David. El período dorado empezó a perder brillo y empezó a tener serios defectos ya con el reinado de Salomón. Y después del reino de Salomón, el oro se oxidó completamente mientras el reino es dividido entre el hijo de Salomón, Roboam, y el líder de Israel, Jeroboam.

Y luego hubo un conflicto y una guerra civil sin fin entre las dos partes de la nación, el reino del norte y el reino del sur, hasta que finalmente el reino del norte cae, y el pueblo es tomado y llevado a la cautividad. Y luego más tarde, el reino del sur cae, y ellos son tomados y llevados a la cautividad. Y durante ese período de desintegración, los profetas estuvieron dando un buen mensaje acerca del futuro junto con un mensaje de juicio.

Ellos decían que algún día el lugar caído de David sería restaurado—que la gloria regresaría con un rey como David, y aquí es donde tenemos el desarrollo total de las profecías del mesías que vendría. Esto tenía intrigado al pueblo de Israel porque ellos esperaban la recuperación de esos buenos días antiguos, la restauración de la unidad de la nación, de la fortaleza de la nación, de la grandeza de la nación, la gloria de la nación, tal como fue bajo el reinado del rey David.

Y así ellos anhelaban la venida del Mesías que restauraría la monarquía en toda su gloria. Luego la voz de la profecía termina en el Antiguo Testamento con la muerte de Malaquías, y entre las páginas finales de la profecía de Malaquías y las primeras páginas del Nuevo Testamento, un período de tiempo de 400 años han pasado.

Ahora, necesitamos pensar en esto porque tenemos la tendencia a comprimir la historia antigua y pensar en ese pueblo que podría estar separado por 300 o 400 años como si fueran contemporáneos, cuando, de hecho, el Antiguo Testamento cubre un par de miles de años de historia judía. Y luego tenemos este paréntesis de 400 años donde no hay una palabra de Dios. Ninguna profecía es escuchada en la tierra. Dios está callado a su pueblo.

Ellos habían estado acostumbrados a las profecías de Jeremías y de Isaías, Miqueas y Nahúm, Joel y todos los demás, y ahora, de repente, Dios está callado por ¡400 años! Piénsalo. Vayamos atrás 400 años. Estamos de vuelta en el siglo XVI. Estás de vuelta en los 1590s.

Eso es más o menos 30 años antes de que los peregrinos pongan pie en Norteamérica. Hay un montón de historia que toma lugar en los últimos 400 años en el mundo. Y por todo ese período de tiempo, Dios está absolutamente callado hasta que el rol y el oficio de profeta es instituido nuevamente en medio del pueblo judío. Cuando este hombre sale del desierto—el cual era el lugar de encuentro tradicional entre Dios y sus profetas—como Elías en el Antiguo Testamento. Este es un hombre con una gran auto-denuncia.

Él ha vivido de miel y vegetales silvestres, langostas y miel. Su nombre era Juan el Bautista. Él era un asceta y sale del desierto con un anuncio. Primero hay un llamado solemne. Él es el nuevo procurador del pacto, y el primer llamado al pueblo es, ¿cuál? ¡Arrepiéntanse! Ese es su mensaje. Antes de nada, Arrepiéntanse. Y luego les da una razón para el arrepentimiento. Él dice, “Arrepiéntanse porque el reino de los cielos se ha acercado”.

Juan está diciendo ahora que hay un tiempo de crisis, un tiempo de juicio que ha caído sobre el pueblo y que todos están llamados a arrepentirse debido a este momento crítico en el drama de la redención. Y tal momento que él está anunciando es la apertura, la llegada del reino de Dios prometido—la restauración del reino de Dios sobre su pueblo. Y él hace una cosa extraordinaria. Él llama a todo el pueblo de la nación al río Jordán para ser bautizados. Hay mucha confusión al respecto. El bautismo de Juan no es el mismo del bautismo de Jesús y el bautismo del Nuevo Testamento.

Era un bautismo preparatorio, específicamente diseñado para que los judíos estén limpios cuando el rey venga. Es un período inter-testamentario, una práctica desarrollada entre los judíos. Si un pagano o un gentil deseaba convertirse al judaísmo, tal persona tenía que pasar por una ceremonia de purificación ritual que era llamado algo así como el “bautismo del prosélito”. Ahora, los judíos no tenían que ser bautizados porque ellos no eran considerados inmundos; pero los gentiles eran considerados inmundos.

Y si un gentil quería llegar a ser judío, no solo tenía que abrazar las doctrinas del judaísmo y lo demás, sino que tenía que tomar un baño porque estaba inmundo. Él era extranjero y un extraño para con el pacto. Y por eso tal ceremonia tomaba lugar cuando en el período inter-testamentario los convertidos fueron llamados al bautismo.

Bueno, aquí viene saliendo Juan el Bautista del desierto, y no está llamado a los paganos y a los gentiles al bautismo; está llamando a los judíos a ser bautizados. Y las autoridades religiosas en Jerusalén están enfurecidos. Están disgustados. “¿Qué quieres decir con que tenemos que ser bautizados? ¡Somos los hijos de Abraham!” Estaban indignados.

Se sentían insultados ante la sola sugerencia de que necesitaban tener un rito de limpieza ceremonial. Pero había una razón para eso. Juan estaba diciendo que vean que hay un nuevo capítulo siendo escrito en ese momento en la historia de redención. El reino de Dios está cerca.

Nuestro rey está por aparecer, y ellos no están listos para Él. Necesitaban tomar un baño porque ellos, como pueblo de Dios, están inmundos. Y él anuncia la llegada del reino de Dios. Ahora, el énfasis en su anuncio, amados, está en su cercanía radical. Observen que los profetas en el Antiguo Testamento hablaron acerca de la venida del reino en el futuro, pero éste era indefinido. Era vago—en algún momento nuestro príncipe volverá. En algún momento en el futuro, Dios va a enviar su Mesías.

En algún momento en el futuro, el rey de Dios como David vendrá a la tierra. Y lo que Juan estaba diciendo es, ¡Está cerca! No solo en algún momento en el futuro indefinido, sino que está por pasar. Y él usa dos metáforas para describirlo.

Él dice, por un lado, “El hacha está puesta a la raíz de los árboles”. No es como si el leñador estuviera cortando la parte exterior de la corteza, sino que ha penetrado hasta el centro mismo del árbol. Esa imagen sugiere que un golpe más del hacha y el árbol terminará derrumbándose.

Y también dice, “El bieldo está en su mano—esto es que el momento de la cosecha está por producirse. El instrumento que el granjero utiliza para separar la paja del trigo ya ha sido completamente hundido en la pila donde está la mixtura de paja y trigo.

Y él está a punto de tirarlo al aire y dejar que el viento se lleve la paja consigo. Es un período de profunda crisis. Entonces viene Jesús, y Él está predicando el evangelio. Ahora, la palabra “evangelio” que ya hemos observado en otros contextos, pero déjenme decir esto de ella. En el Nuevo Testamento hay diferentes maneras en las que el término “evangelio” es usado. Si le pregunto hoy a una persona, “¿qué es el evangelio?” De seguro diría, “Bueno, el evangelio es uno de los cuatro libros que enseñan de la vida de Jesús—el evangelio de Mateo, Marcos, Lucas y Juan”.

Los llamemos evangelios porque son un género literario particular, una forma de presentar una biografía mostrando a la persona y obra de Jesús. Cuando leemos a Pablo, cuando Pablo habla del evangelio, habla del “evangelio de Jesucristo” porque para Pablo el contenido del evangelio es la vida y la obra de Jesús. Esas son las Buenas Noticias—cómo ha cumplido este drama de redención en su propia persona y a través de su propia obra.

Pero cuando Jesús predica el evangelio, él no habla de un libro, y Jesús no dice, “estoy por predicarte el evangelio de Jesucristo”. El evangelio que Jesús proclama es el evangelio del reino. Puedes notar eso mientras lees la Biblia; de forma particular mientras lees los evangelios y mientras escuchas las enseñanzas de Jesús.

Mucho de su enseñanza se centra alrededor de parábolas—muchas clases de parábolas. Pero, ¿cuál es el motivo principal de las parábolas de Jesús? Vean si esto les suena. Mientras Jesús enseña a sus oyentes, les diría: “El Reino de los Cielos es semejante a…” o “El reino de los cielos es como esto…”. O en su ministerio de sanidad diría, “Pero si yo por el dedo de Dios echo fuera demonios, entonces el reino de Dios ha llegado a vosotros”. Él está anunciando el principio y la intromisión del Reino de Dios.

En Mateo 22 leemos esta parábola. “Tomando la palabra, les habló otra vez en parábolas, diciendo: El reino de los cielos puede compararse a un rey que hizo un banquete de bodas para su hijo. Y envió a sus siervos a llamar a los que habían sido invitados a las bodas, pero no quisieron venir…”

Ustedes saben cómo continúa la parábola. El rey está invitando al pueblo a la fiesta de bodas y la llegada del matrimonio del hijo del rey, pero todo el mundo está muy ocupado. Nadie quiere ir, y ellos están ignorando esta celebración del clímax del reino de Dios. Y así Dios dice que está bien, que ellos no vengan. Que ahora vayan por los caminos y los senderos y que traigan esos extranjeros y esos extraños, gente que no tenga dinero. Que los lleven porque su hijo será honrado. El rey va ser reconocido con propiedad.

Y toda esta parábola está enfocada en la venida del rey, el rey que es rechazado por su propia gente. Y así, si es que vamos a entender todo el patrón de la Escritura, no nos atrevemos a pasar por alto esta idea central e importante del reino de Dios que comienza en las primeras páginas de la Biblia y se extiende hasta el libro del fin, o el Apocalipsis, donde se celebra la entronización de Cristo, y los ángeles del cielo cantan, “El cordero que fue inmolado digno es de recibir el poder, las riquezas… el honor, la gloria y la alabanza… [porque su reino será] por los siglos de los siglos”. Cuán a menudo has pensado en términos de esta idea central del Nuevo Testamento—el reino de Dios? No vivimos en una monarquía en Estados Unidos.

De hecho, le tenemos una establecida alergia a los monarcas. Sin embargo, cada cristiano vive en una monarquía donde Cristo es llamado el Rey de reyes y el Señor de señores. Creo que uno de los errores más tristes que se ha difundido a través de una teología defectuosa es la idea de que el reino de Dios ya ha llegado a su plenitud. Hay quienes enseñan lo que se llama «escatología realizada», que dice que ya no nos queda esperar nada en términos de la consumación del reino de Dios.

Creo que esto corre de forma contraria al Nuevo Testamento, el cual promete todavía un futuro para el pueblo de Dios, donde el reino de Cristo se manifestará visiblemente a su regreso. Pero hay otra seria distorsión, y es una posición que enseña—y ha sido muy difundido—que el reino de Dios es completamente futuro, que el reino de Dios no ha llegado de ninguna manera, estado o forma hasta el momento.

Y creo que esa posición no tiene el anuncio fundamental de Jesús mismo, el evangelio del reino de Dios, el cual ya ha empezado. El reino de Dios ha empezado, y nuestro rey ya ha sido coronado. Él ya fue coronado e investido. Y mientras estoy hablando, Jesucristo es ya el Rey de reyes y Señor de señores. Eso es una realidad. Y el pueblo de Dios debe vivir como súbditos en una monarquía, sujetos a nuestro Rey.