Renovando Tu Mente | La intromisión del pecado
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Transcripción

Cuando estaba terminando el siglo IV, al inicio del siglo V, una tremenda controversia teológica estalló y amenazó el alma misma de la iglesia, aunque empezó como algo inocuo.

El gran teólogo Agustín había creado una famosa oración que decía esto: “Oh Dios, manda lo que quieras, y concede aquello que has mandado”.

Es decir que el espíritu detrás de la oración de Agustín era esto: “Oh Dios, reconozco que, como criatura hecha a tu imagen, y que Tú como el Soberano Creador y Gobernante del universo, tienes el derecho de ordenarme lo que tú quieres que yo haga”.
Agustín estaba reconociendo eso en tal oración, pero luego él continúa y dice, “y concédeme lo que tú has ordenado”. ¿Qué quiere decir Agustín con eso? Él estaba diciendo: “Oh Dios, cuando me das órdenes, cuando ejercitas tu voluntad y manifiestas tu ley, no tengo el poder dentro de mi propia alma para obedecer tus mandamientos sin tu ayuda”.

Ahora, ¿Por qué Agustín dijo eso? Él lo dijo porque estaba absolutamente convencido de una doctrina que es sostenida por todo el mundo cristiano, y esa doctrina es la del pecado original. La doctrina del pecado original.

Existe mucha confusión acerca de lo que se quiere decir con este término “pecado original” porque la palabra “original” sugiere que eso fue lo primero en vez de algo futuro o una copia posterior. La idea que muchos tienen en sus mentes es que el pecado original fue el primer pecado cometido por los seres humanos—el pecado cometido por Adán y Eva. Pero esa no es la idea a la que el pecado original se refiere.

El pecado original ser refiere al resultado del pecado de Adán y Eva. Se refiere a lo que llamamos “La Caída”. Cuando Adán y Eva pecaron, toda la creación cayó, y tal caída fue una caída a la corrupción, de tal forma que todos los que nacieron desde Adán y Eva han nacido con una naturaleza que estaba corrompida.

Esa es la razón por la que el Nuevo Testamento dice, “somos por naturaleza hijos de ira”; y David diría, “En pecado me concibió mi madre”. Algunas personas tienen la idea de que somos pecadores porque pecamos, pero lo que la Biblia enseña es que pecamos porque somos pecadores.

Es decir que tenemos una naturaleza humana caída, corrupta, que nos hace propensos a pecar, y el fruto corrupto es producto de la naturaleza del árbol. Cuando la esencia del árbol está corrupta, entonces el fruto es también corrupto. Y esa es la idea que las Escrituras expresan en términos de la naturaleza humana caída.

Jonathan Edwards, el gran teólogo puritano, alguna vez escribió un largo tratado acerca del pecado original, y mucho de ese trabajo estuvo diseñado para explicar a través de las Escrituras la enseñanza bíblica del pecado original; pero también tiene una sección donde argumenta que aun si la Biblia nunca dijera que hay tal cosa como el pecado original, o tal cosa como una naturaleza humana caída, solo la razón demandaría que saquemos esa conclusión.

¿Por qué? Porque él dijo, “todos reconocen que nadie es perfecto y que todos tenemos algo de corrupción”. Y así, Edwards hace esta simple pregunta, “¿Cómo puede ser esto?” Si todos nacemos inocentes, neutrales o buenos, y luego nos enfrentamos a diversas decisiones durante la vida—elecciones morales entre el bien y el mal—uno esperaría que al menos 50% de las personas permanecerían inocentes.

¿Por qué es que el 100% no lo son? Y algunos tratarían de explicarlo simplemente al decir, “Bueno, es la civilización la que nos corrompe. Es la sociedad la que nos corrompe”. Esa es una idea bastante popular hoy en día, y así una persona no tiene la posibilidad de permanecer en su estado de inocencia puro y prístino en la cual nació, porque hay tanta corrupción alrededor y hay tantas tentaciones que asaltan su sentido moral todos los días.

Pero aun con esto debes preguntarte, “¿Cómo se corrompió esa sociedad en primer lugar?” Todavía esperarías que el 50% de esa sociedad sea justa y la otra mitad, quizás sea mala, si es que naciéramos en un estado de neutralidad moral.
La Biblia no enseña que hayamos nacido en un estado de neutralidad, pero les mencioné al inicio que esa oración de Agustín provoca una enorme controversia que es avivada cuando un monje en los días de Agustín llamado Pelagio alza su voz para protestar en contra de la oración de Agustín diciendo, “Agustín, tu oración sugiere que Dios nos da mandamientos a la gente que ellos no pueden obedecer”.

Y el argumento que Pelagio nos da es el siguiente: que es injusto para Dios, o cualquiera, el imponer obligaciones sobre la gente si es que ellos no tienen el poder de cumplir esas obligaciones. En otras palabras, decirle a una persona corrupta que debe obedecer la ley de Dios sería tan absurdo como decirle a la gente que debe volar de México a Brasil sin ayuda de ninguna clase de máquina—aviones, helicópteros o cohetes—No somos capaces de volar así. Necesitamos algún tipo de asistencia con el fin de transportarnos a través del aire.

Las aves pueden volar, nosotros no. Por naturaleza carecemos del equipamiento necesario para volar, y sería absurdo que Dios dijera, “Voy a tenerte como responsable moral para que vueles por ti mismo desde Colombia a México, y luego te condeno si al batir tus brazos no puedes elevarte en el aire”. De la misma manera está diciendo, “Agustín, si estás diciendo que Dios da leyes hoy a personas que son moralmente incapaces de cumplirlas, eso sería tan ridículo, tan absurdo y solamente injusto”.

Por lo tanto, Pelagio llegó a la siguiente conclusión: Si Dios requiere algo de una persona en términos morales, debe tener el poder moral para hacerlo sin ninguna asistencia de gracia divina. Y así la controversia pelagiana de ese día fue una de las controversias teológicas más serias en la historia de la iglesia. Ahora, en ese tiempo Agustín ganó, y Pelagio fue condenado como hereje porque Pelagio enseñó esto: que el pecado de Adán afectó a Adán y solo a él.

No hubo transferencia o imputación de culpa o del pecado desde Adán a sus descendientes. Cada uno ha nacido en un estado de inocencia. No hay proclividad hacia el pecado que sea heredado de Adán y que se encuentre en el corazón de cada ser humano.

Pelagio, por lo tanto, negó el pecado original por completo. Él dijo, “Hay algo parecido a la gracia y la asistencia divina, y la gracia facilita nuestra obediencia; pero podemos ser obedientes sin ellas”. En otras palabras, lo que Pelagio estaba diciendo, y lo dijo claramente, que los seres humanos tienen el poder moral para vivir una vida perfecta; Y esto no es solo de forma teórica, sino que Pelagio argumenta que algunas personas, de hecho, viven vidas perfectas.

Y que cada uno tiene el poder dentro de ellos desde el día que nacen para resistir cualquier tentación que lo lleve a pecar. La gracia podría ayudar, pero no es necesaria. Ahora, como dije, Pelagio fue condenado como hereje en aquel momento.

La condenación fue repetida de forma subsiguiente en la historia de la iglesia en el Concilio de Florencia y, una vez más, en el Concilio de Trento por la iglesia Católica Romana en el siglo XVI. Podríamos decir, entonces, que Agustín ganó la batalla.

Pero si miramos a lo largo de la historia desde entonces, Agustín podría haber ganado la batalla, pero perdió la guerra porque el pensamiento de Pelagio está todavía generalizado, no solo en el mundo secular, sino en el mundo cristiano, no solo en toda la comunidad cristiana, sino que, de forma especial en la comunidad evangélica.

Si fuéramos a hacer una encuesta a los evangélicos contemporáneos y les preguntaras: “¿Quién fue el más grande evangelista del siglo XIX en Norteamérica?” de seguro te darían dos nombres que serían mencionados.

Uno de ellos sería Dwight L. Moody, quien vivió a fines de la última parte del siglo XIX, pero es casi seguro que aquellos que están familiarizados con la historia de la iglesia en el siglo XIX dirían que la persona que se llevaría el premio por ser el más grande evangelista del siglo XIX, ese sería nada más y nada menos que el famoso Charles Finney.

Finney es uno de los que fueron usados por Dios para llevar a cabo lo que se llama el Segundo Gran Avivamiento en la primera mitad del siglo XIX. Finney negó de forma sistemática el pecado original. Él era pelagiano hasta la médula. Él enseñó que los hombres están realmente en pecado, pero no pecan porque son pecadores, sino que son pecadores porque pecan y todo lo que importa para ser redimido es una decisión del libre albedrío de arrepentirse, abrazar a Cristo y cambiar.

Esta visión influenció la forma que tomó el evangelismo en Norteamérica desde entonces. Y la idea que persiste es que hay tal cosa como una incapacidad moral heredada, que es virtualmente insignificante que la gente todavía tenga la habilidad de pecar porque la objeción fundamental es esta: Que no sería justo para Dios traer juicio a la gente que no participó en el Jardín del Edén. Pero aún Pablo nos dice en el capítulo cinco de Romanos que todos caímos con Adán.

¿Cómo es que entendemos esto? ¿Cómo puede Dios traer castigo sobre los descendientes de alguien? ¿Recuerdan que en Ezequiel el pueblo se quejó? Ellos dijeron, “Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen dentera”.

Y la idea es que Dios estaba castigando a esos hijos por las acciones de sus padres; Y Ezequiel, hablando por Dios dijo, “No, no, no. Dios te castiga por tus propios pecados”. Y esa es la idea que mantenemos en la mente: “¿Cómo puedo haber nacido caído cuando no tengo nada que ver con lo que pasó en el Jardín del Edén?”

Esa es una de las más grandes objeciones que se tiene con respecto al cristianismo porque el cristianismo enseña que la humanidad está en un estado caído y, con todo, Dios aún les demanda perfección. ¿Cómo puede ser esto? Bueno, al tratar de responder esta pregunta tan difícil, se han presentado dos teorías—de hecho, más de dos—pero las dos teorías principales que han sido ofrecidas en la historia de la iglesia son las que quisiera bosquejarles brevemente.

La primera teoría es llamada, “La Teoría del Realismo” que expresa lo siguiente: La única manera en que sería apropiado o justo que Dios traiga castigo sobre nosotros por lo que Adán y Eva hicieron, sería si de alguna manera hubiéramos estado allí con Adán y Eva, y que en efecto hubiéramos pecado originalmente con ellos.

Entonces, la culpa del pecado de Adán y Eva es realmente nuestra. Es decir que significa que, de alguna manera, antes de nacer, éramos entidades reales, que ya existíamos. Esto demanda algún tipo de idea que sostenga la preexistencia humana. Ahora, una vez más, hay diferentes clases de realismo, pero el enfoque bíblico, o la defensa bíblica del realismo enseña esto: Que nosotros, de forma misteriosa, ya existíamos antes de nacer.

Y el argumento es traído desde el libro de los Hebreos, tomado de la sección de Hebreos donde el autor de la carta está trabajando las credenciales de Jesús para ser nuestro Sumo Sacerdote porque, ¿cuál era el problema que tenían los cristianos en el primer siglo?

Por un lado, ellos estaban diciendo, “Jesús es nuestro rey. Él es el Hijo de David” y todos los judíos entendían que, para ser Hijo de David, tenías que ser de la tribu de Judá porque las promesas del reinado davídico en el Antiguo Testamento fueron prometidos a esa tribu; y Jesús era de la tribu de Judá.

Pero al mismo tiempo, entonces, el Nuevo Testamento declara que Cristo es nuestro Sumo Sacerdote y los judíos decían, “Espera un momento. ¿Cómo puede Jesús ser nuestro Sumo Sacerdote?” porque el Sumo Sacerdote tiene que venir de la tribu…, ¿de cuál tribu? Sí, de Leví. Tiene que venir de Leví, y Jesús no era Levita. Bueno, el autor de Hebreos trabaja diligentemente el punto de que el sacerdocio levítico—o así llamado sacerdocio aarónico, denominado por Aarón, quien fue el jefe levita quien llegó a ser el primer Sumo Sacerdote—no es el único sacerdocio que encontramos en el Antiguo Testamento.

Junto al sacerdocio de Leví, hubo otro sacerdocio, y éste fue el sacerdocio que la Escritura habla como el que era de la Orden de Melquisedec. Bueno, ¿quién era Melquisedec? Melquisedec ese personaje extraño y enigmático del que se nos habla en el Génesis que se encuentra con Abraham.

Y en ese encuentro entre Melquisedec, quien es llamado Rey De Salem y su nombre significa “Rey de Justicia”. Aquí tenemos a alguien que es descrito como el Rey de Justicia y el Rey de Paz, quien se encuentra con Abraham y en tal encuentro le paga el diezmo, y Melquisedec bendice a Abraham.

Ahora, en el pensamiento judío, la pregunta es, “¿El más grande bendice al menor, o el menor bendice al más grande? ¿El más pequeño le da el diezmo al más grande, o el más grande le da el diezmo al más pequeño? Y la respuesta es clara. Es el más grande el que bendice al más pequeño y es el menor el que da el diezmo al más grande.

Bueno, si Abraham es bendecido por Melquisedec y él le da el diezmo a Melquisedec—es muy simple para el pensamiento judío—Melquisedec es más grande que Abraham. Y luego el autor de Hebreos sigue la misma línea de pensamiento señalando que el padre es más grande que el hijo y el nieto.

Si Abraham es el padre de Isaac, entonces Abraham es más grande que Isaac; Si Isaac es el padre de Jacob, Isaac es más grande que Jacob. Y si Jacob es el nieto de Abraham, Abraham es aún más grande que Jacob, y de los lomos de Jacob vienen las doce tribus, incluyendo la de Leví. Entonces Abraham es más grande que Leví, y si Melquisedec es más grande que Abraham, y Abraham es más grande que Leví, por simple deducción—Melquisedec es más grande que Leví.

Es entonces que el sacerdocio de Melquisedec es un sacerdocio superior al sacerdocio de Leví. Pero en medio de tal argumento, el autor de Hebreos hace la declaración de que Leví, mientras todavía estaba en los lomos de su Padre Abraham, le dio el diezmo a Melquisedec, aunque esto califica solo como una forma de decir las cosas, en cierto sentido.

Bueno, el realista dice que él realmente hizo eso, él estaba realmente en los lomos de Abraham; y nosotros estuvimos en los lomos de Adán cuando Adán pecó, aun cuando no habíamos nacido todavía. Vayamos un paso más adelante. Otro punto del realismo es éste: Que la idea de que RC Sproul existió en la mente de Dios por toda la eternidad, y cuando Adán estaba siendo probado en el campo de juego, Dios miró y no solo vio a Adán, Él vio a Adán y a RC Sproul—la idea de RC Sproul—en la mente de Dios, así que en la mente de Dios yo estaba allí, aun cuando no estaba encarnado.

Y en este caso, no tengo que tener un alma eterna que haya existido en el Jardín del Edén. Todo lo que tenía que tener era estar en la mente de Dios en el Edén. Estoy realmente allí porque las ideas de Dios no son imaginarias. Ellas tienen una cierta realidad, si eres un filósofo realista. Pero, de cualquier modo, todo el tema del realismo era un intento de responder a la difícil pregunta, “¿Cómo puede Dios sujetar generaciones futuras como responsables por el pecado de alguien más?

Pero ésta es solo una respuesta que nos fue dada—realismo. En nuestra próxima sesión estaremos viendo otra forma de acercarnos a esta pregunta porque es terriblemente difícil. Pero quisiera dejarlos con este pensamiento hoy. Una cosa es clara en la Escritura y esta es que cuando Adán cayó, como sea que haya sido, nosotros caímos con él, y no hemos nacido en un estado de neutralidad moral. Hemos nacido en un estado de corrupción.

Hace varios años atrás, hubo un comediante que disfrutó un breve periodo de fama y popularidad en Estados Unidos, su nombre era Flip Wilson. Una de las parodias regulares que Flip Wilson hizo era la de ser una persona que vería al juez venir hacia él para golpear el martillo sobre él. Y cuando el juez apareciera, Flip Wilson diría de forma particular, “Aquí viene el Juez”. Todos se reirían porque él se veía tan incómodo con la presencia del Juez.

Y entonces cuando el juez viene, la otra expresión que Flip Wilson hacía cuando la persona estaba tratando de excusarse a sí mismo de su culpabilidad era, “El diablo me hizo hacerlo”. Ahora, no tengo idea de dónde sacó esa línea, pero quizás fue de Génesis 3 donde esa fue la excusa que Adán trató de presentar.

Él dijo, “La mujer que me diste me hizo caer” y luego Eva dijo, “Bueno, si lo hice, pero el Diablo me engañó” y así sucesivamente. Básicamente, detrás de tal excusa está la suposición de que, finalmente, es culpa de Dios. Ahora, tú eres un pecador, y sabes que eres un pecador, y sabes que naciste de esa manera.

¿Alguna vez te pasa por la mente que Dios es culpable de que tú peques? No caigas en eso. Esa es la blasfemia más grande.