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Transcripción

Continuamos con nuestro estudio de la Santidad de Dios. Recuerdan que en nuestro primer segmento de esta serie les conté acerca de una experiencia personal que fue un momento crítico en mi vida, allá, en mis tiempos universitarios, donde escuché una clase sobre los escritos de San Agustín.

Mencioné cómo Agustín abrió mi entendimiento a una dimensión completamente nueva del carácter de Dios y que me asombró escuchar cómo Agustín explicó el poder y la majestad y la santidad de Dios. Bueno, el mismo Agustín escribió un pasaje interesante sobre su propia experiencia personal con la presencia de Dios. Esto es lo que dijo: “¿Qué es eso que fulgura a mi vista y hiere mi corazón sin lesionarlo? Me siento horrorizado y enardecido: horrorizado, por la desemejanza con ella; enardecido, por la semejanza con ella.”

Bueno, Agustín tenía una gran habilidad para articular sus más íntimos pensamientos y sentimientos, y aquí él se refiere a la pregunta: “¿Qué es lo que hiere mi corazón sin lastimarlo?” ¿Notan el contraste entre estas imágenes? Algo que lo atraviesa, algo que lo azota, algo que lo golpea con una tremenda fuerza y, aun así, no lo lastima, no lo hiere, no le deja marcas.

Pero cuando Agustín reflexiona sobre esta pregunta, él expresa una actitud de ambivalencia al respecto. Hay algo que le atrae de este tema y que hiere su corazón, pero al mismo tiempo hay algo que lo atemoriza. Él dice: “Al mismo tiempo me siento horrorizado y enardecido”. ¿Qué quiere decir con horrorizado? Que es una experiencia estremecedora, una experiencia que lo hace temblar.

Imaginen el momento de la cruz, están clavando las manos de Jesús y como la vieja canción decimos, “¿Estuviste allí cuando ellos crucificaron a mi Señor?” y el coro continúa diciendo, “Esto me hace temblar, temblar y temblar”. Y el percibir esto es algo con lo que podemos identificarnos, ¿no? Esos son momentos en nuestra propia experiencia cuando contemplamos el misterio de Cristo, la grandeza de Dios, los secretos de las obras y las operaciones del Espíritu Santo que nos produce temblor. Hay algo atemorizante en eso.

A inicios del siglo XX, un teólogo alemán, quién también era un experto en el campo de la sociología y la antropología, escribió un pequeño libro que tuvo un enorme impacto en el pensamiento de su generación. Su nombre era Rudolph Otto. Y su libro, cuando fue publicado originalmente, tenía un título corto y tajante que en alemán era, Das Heilige, que literalmente significa “El Santo”. Cuando fue traducido al inglés, el título en inglés para este libro fue cambiado a “La Idea de lo Santo”.

Ahora, Otto no tenía relación con el cristianismo evangélico conservador tradicional. Él no estuvo simplemente examinando algo acerca de Dios, sino que quizás estaba aún más interesado en la gente. Su análisis era un estudio de cómo los seres humanos reaccionan y responde a lo que ellos consideran como santo.

Esto podría ser los sentimientos y las reacciones de la gente en tribus primitivas a espíritus animistas que los atemorizaban. Esto podría ser una sacerdote en el templo. Podría ser un cristiano en oración. Él habló de cómo la gente responde de forma emocional, intelectual y sicológica a esa sensación de la presencia de lo santo.

Él básicamente dijo que la respuesta humana normal a lo santo es ambivalente. Que lo que es sagrado atrae y repele al mismo tiempo. Que hay algo en lo santo que nos lleva a desear ponernos aún más cerca de ello para descubrir de qué se trata, y todavía hay algo que es, de alguna manera, misterioso, tan diferente que queremos huir de ello.

Otto usó un término técnico para describir esa sensación de lo santo, a la cual él llamó usando la frase en latín, “mysterium Tremendum”, Misterio Tremendo, o el misterio que produce estremecimiento, temblor dentro de nosotros. ¿Te has dado cuenta cómo en nuestros días y en nuestra propia cultura la gente pareciera sentir fascinación por lo oculto? Se llenan los cines para ver películas como El Exorcista.

Hay interés en reportajes acerca de la adoración a Satanás y aún así hay algo horrible en esas cosas que es grotesco y por lo que quisieran huir. Pero no estamos completamente seguros, estamos fascinados. Queremos acercarnos. Y pareciera como que seguiremos todo lo que nos da alguna esperanza de penetrar la barrera de lo secular y de lo profano, algo que abrirá una puerta que nos permita entrar al terreno de lo sobrenatural. Atemoriza y fascina al mismo tiempo.

Recuerdo que cuando era niño acostumbrábamos escuchar la radio. Todavía no había aparecido la televisión. Con lo dicho me estoy avejentando yo mismo. Pero la diferencia entre la radio y la televisión es que estábamos restringidos a seguir nuestros programas favoritos a través de la radio, lo que significaba solo oír la historia.

Escuchábamos el diálogo y las descripciones que nos eran dadas por el narrador. No veíamos nada, excepto el dial de estaciones de nuestra radio de esa época. Y esto permitía que llenáramos el vacío con la imaginación. Visualizaríamos con los ojos de nuestras mentes a Superman o al Llanero Solitario.

De hecho, puedo encontrar ciertas ventajas con esto para desarrollar la creatividad. Fuimos forzados a usar la imaginación. Bueno, hubo diferentes clases de programas, radionovelas durante el día, historias de aventuras durante la noche, historias de héroes del Oeste como Roy Rogers y el Llanero Solitario y muchos más.

Sin embargo, uno de los géneros más populares de los programas de radio en los 40s eran las historias de misterio o las de detectives como cazadores de pandillas o encontrando personas perdidas. La radio tenía un programa que era sumamente tenebroso llamado “Suspenso”. Pero el programa de radio más escalofriante de todos los que yo recuerdo cuando niño era uno que se transmitía de noche.

El sonido de apertura era el ruido del rechinar de un ataúd abriéndose en el cementerio. La puerta de una cripta abriéndose, y nosotros siempre hablábamos de la puerta rechinante. Y ese sonido particular era la apertura de ese programa. Y la puerta rechinaba, y tiritaríamos de miedo como niños pequeños. Luego la voz del narrador anunciaría el programa—“Inner Sanctum”. Así lo decían, “Inner Sanctum”. Y nos quedábamos petrificados.

Y lo que me tiene más fascinado ahora cuando reflexiono en ese tiempo es que cuando era niño no sabía que significaba Inner Sanctum. Ahora sé que las palabras significan “Dentro de lo Santo”. Cuando pienso en eso, creo que es sorprendente que los productores de programas de radio en el mundo del entretenimiento, cuando estaban buscando algo que mantenga a las familias fascinadas y que invoque sentimientos de terror en ellos, ellos no pudieron pensar en nada más misterioso, nada más aterrorizante para el ser humano que estar cerca, tan cerca, que estás virtualmente dentro de lo santo.

Esa es la clase de reacción que Rudolph Otto examinó al mirar a varias civilizaciones y culturas. Y él dijo que cuando estamos hablando de lo santo, estamos hablando de algo que es uno de los asuntos más difíciles en la experiencia humana para definir con precisión y con claridad.

De hecho, Otto dice que con respecto a lo santo, estamos lidiando con lo que él llama un tal “más” una palabra extraña este “más”, ¿no es cierto? Cuando usamos la palabra “más” la usamos en aritmética o en matemáticas. Es una forma que indica algún tipo de adición. Algo que se añade con un “más”. Algo que es extra.

Una de las películas más populares vista en los Estados Unidos tiene, quizás, el título más corto que ha tenido cualquier película. Hubo una película que vi cuando era un niño y se titulaba “Ella” E-L-L-A. Ese es un título bien corto, pero al que me refiero no es siquiera una palabra, sino dos iniciales, E.T. E.T. Todo el país se enamoró con este extraño visitante del espacio exterior. ¿Qué significa E.T.? Extra Terrestre. E.T. es la abreviación que le damos al que es un alienígena, uno que viene de fuera de nuestra experiencia y nuestro ambiente, uno que es diferente, uno que es “extra”, que está aparte, extraño, extranjero.

Uno pensaría que el título E.T. sería más adecuado aplicarlo a Dios, quién está arriba y más lejos que la esfera terrestre, este planeta y ambiente que está compuesto por esta tierra en la que vivimos, en la que Dios es el Supremo Extraño, aquel que está supremamente “extra”.

Y así a lo que Otto estaba llegando es que cuando hablaba acerca de la santidad de Dios como comunicando un cierto “más”, estaba hablando de un sentido en el que Dios está arriba y más allá de todo lo que experimentamos en la tierra.

Podemos haber sido hechos a su imagen. Podemos disfrutar cierta semejanza o similitud con nuestro Hacedor, pero más allá de esa semejanza y más allá de tal similitud existe una enorme diferencia, la disimilitud entre quién es Dios y quiénes somos nosotros.

Una vez más, déjenme volver a la declaración que leí sobre San Agustín cuando él hizo la siguiente pregunta, “¿Qué es eso que fulgura a mi vista y hiere mi corazón sin lesionarlo? Me siento horrorizado y enardecido…horrorizado, por la desemejanza con ella; enardecido, por la semejanza con ella.”

Así Agustín fija esta ambivalencia de la que Rudolf Otto habla. En el hecho de que hay un sentido en el cual nosotros somos como Dios, hechos a Su imagen. Y debido a que somos hechos a su imagen y hechos para su gloria, y hechos originalmente para disfrutar de comunión con Él,.

Agustín, como recordarán, empezó su libro, su famoso libro Confesiones, con una oración en la que dice, “Oh Dios, tú nos has hecho para ti, y nuestros corazones no encontrarán descanso hasta encontrarlo en ti”.

E.T. quería volver a casa y respondemos a eso. Él quería volver a su residencia celestial. Eso lo podemos entender porque hay un sentido, al haber sido diseñados en nuestra propia naturaleza como criaturas hechas a la imagen de Dios, de anhelo por nuestra residencia en su presencia.

Es como si hubiera algún tipo de vacío dentro de nosotros, un abismo que nos obsesiona en la profundidad de nuestras almas hasta que podamos alcanzar y abrazar en una relación armoniosa al Dios que nos hizo. Y, sin embargo, debido a nuestro distanciamiento de Dios y debido a la disimilitud entre quién es Él y lo que somos nosotros, permanecemos temblando cada vez que se entromete en nuestra presencia. Ante tal intrusión, esos momentos preciosos, esos momentos significativos donde sentimos la presencia de Dios están llenos con la ambivalente reacción de atracción y temor.

Permítanme leerles brevemente lo que Otto dice para describir ese terrible misterio. Él dice: “Este sentimiento podría a veces venir como un barrido de una marea suave que impregna la mente con un sentimiento tranquilo de la más profunda adoración. Puede pasar como una actitud más estable y duradera del alma que continúa emocionalmente vibrante y resonante hasta que, finalmente, se disipa y el alma retoma su ánimo profano y no religioso de la experiencia diaria”.

¿Se identifican con esto? Todos hemos tenido esas experiencias de profunda emoción que son electrizantes, pero es inevitable que se disipen, y que retornemos a nuestra profanidad apegada a esta tierra.

Él dice: “Podría estallar en una erupción repentina desde las profundidades del alma con espasmos y convulsiones o llevarnos a la más extraña de las agitaciones o al frenesí intoxicado que lleva al éxtasis. Tiene sus formas salvajes y demoníacas y se hunde en un llanto de horror y estremecimiento.

Este tiene sus antecedentes barbáricos y más tempranas manifestaciones y, una vez más, podría ser desarrollado en algo hermoso, puro y glorioso. Puede convertirse en la humildad silenciosa y temblorosa de una criatura en la presencia de quién o qué, en la presencia de lo que es un misterio indescriptible que está más allá de todas las criaturas”.

Lo que él está describiendo aquí es lo que llamo la experiencia humana de pavor santo, un escalofrío penetrante, la sensación de estremecimiento que asociamos con el estar cerca del Dios viviente. Necesitamos explorar esto y hacerlo profundamente, lo que haremos en los próximos días.

 

CORAM DEO

El pensamiento para hoy del Coram Deo, del vivir delante del rostro de Dios. Quisiera dejarles esta pregunta para que ustedes, espero, se la pregunten a ustedes mismos. ¿Cómo sientes; cómo respondes cuando tienes ese sentido de la presencia de Dios?

Si tú piensas en esos momentos en tu vida en donde has sentido Su Presencia, ¿Deseabas más? ¿o querías menos? ¿Querías ir aún más cerca, o querías< retroceder y retirarte?

¿Te identificas con ese sentido de ambivalencia del que Rudolf Otto habla en su libro? ¿La presencia de Dios te hace brillar o te hace estremecerte, o quizás, como en la mayoría de nosotros, hace ambas cosas? Piensa en eso..