Renovando Tu Mente | El drama eterno
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Transcripción

En los días que vienen vamos a desarrollar una serie completamente nueva titulada, “El Drama de la Redención”. Permítanme repetirlo, “El Drama de la Redención”. Ahora, he escogido la palabra “drama” en el título de esta serie por una razón. Cuando usamos el término “drama” pensamos, en primer lugar, en algo que vemos sobre un escenario – una obra – como decimos, “hay un drama” y hay actores en la obra, y tienen líneas que declamar y hay una acción que se desarrolla delante de nuestros propios ojos.

Y es común que una presentación dramática involucre alguna clase de conflicto que se va moviendo de forma inexorable hacia una resolución. Ahora, cuando estamos hablando de la historia de la redención, o del drama de la redención, no estoy sugiriendo al usar el término “drama” que Dios está involucrado en una obra, y que solo estamos pretendiendo que vamos a algún tipo de conflicto y resolución producto de ese drama.

El drama de la redención es algo que toma lugar en el plano de la realidad. No hay ningún tipo de actuación. No hay ficción imaginaria involucrada. Esto es real, es una historia real. Y, sin embargo, todavía me he quedado con el uso de la palabra “drama” porque hay una acción desplegada que se extiende sobre toda la historia, y hay actores involucrados en ella—actores humanos, aquellos que están llamados a ser participantes en esa redención; y, por supuesto, también hay un actor divino—Dios Mismo—en sus tres personas.

Y más allá de esto, cuando pienso en el término “drama” o en la palabra “dramático” pienso en algo que evoca una respuesta apasionada de aquellos que están comprometidos en esa obra. No es aburrida. No es tonta. Decimos que algo es dramático en el sentido de que tiene un fuerte elemento emotivo.

Recuerdo que hace como 40 años atrás, escuchaba a un evangelista itinerante predicar un sermón. Estaba predicando de la crucifixión. Estaba predicando de la cruz, y estaba completamente apasionado. Estaba gritando y casi chillando, gesticulando y agitando sus brazos con enormes gestos. Y a la mitad de su extremadamente apasionado discurso, se detuvo, miró a la congregación y dijo: “Perdónenme, pero ¿creen que estoy siendo muy dramático? ¿Piensan que soy demasiado dramático?” Y luego dijo, “Amigos, eso es imposible porque el momento más dramático en toda la historia humana fue la cruz de Jesucristo”. Y obviamente recuerdo esto porque te lo estoy mencionando hoy, casi 40 años después de que sucedió.

Bueno, cuando observamos la magnitud de ese drama, toda la historia de la redención, podemos entender que, en términos del registro bíblico de la redención, hay una estructura en la cual esa actividad se despliega. Y la estructura que encontramos dentro de la Biblia misma para este drama es denominada la estructura del pacto. Ahora, uno no tiene que comprometerse con lo que se denomina “Teología del Pacto” para observar esto. Prácticamente en todas las escuelas teológicas reconocemos que las Escrituras están llenas con referencias al Pacto. Dios hizo un pacto con Noé. Dios hizo un pacto con Abraham. Dios hizo un pacto con Moisés. Un nuevo pacto es instituido en el Nuevo Testamento, y lo que quisiera que hagamos en los días siguientes es entender el marco del pacto, la estructura de ese pacto, porque ésta es la estructura en la cual el drama de la redención toma lugar.

Ahora, para empezar, necesitamos hacer notar que hay diferentes clases de pactos en la Biblia, y que el primer pacto que quisiera que observemos hoy es llamado, usualmente, “El Pacto de la Redención”. Ahora, si le das una mirada a las secciones históricas de la Biblia, no encontrarás este pacto de redención allí, excepto solo cuando se deduce de la enseñanza de la Escritura, y a lo que el pacto de redención apunta es al pacto que fue establecido desde la eternidad, y los participantes del pacto no nos incluyen a nosotros.

Los únicos actores en este drama que empezó en la eternidad—de hecho, no es siquiera propio hablar de “comienzo” porque es eterno—sus personajes, o los actores en este drama, el drama de la redención, fueron los miembros personales de la divinidad—el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto quiere decir que, desde la eternidad, antes que el mundo siquiera fuese hecho, antes que cualquiera de nosotros hubiese nacido, un acuerdo existió dentro del Dios Trino mismo, y esto podría parecernos obvio hasta el punto de decir, “¿Y entonces qué?” Es obvio que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estarán siempre de acuerdo”. Pero esto no es tan obvio para todo el mundo. Es muy común para mí el oír que la gente percibe la obra de Cristo en la historia como un intento de parte del Hijo de Dios para cambiar la mentalidad del Padre.

Hubo un movimiento al inicio de la iglesia—una herejía terrible que creció mucho y que se denominó Gnosticismo—y la primera persona que compiló un canon de la Sagrada Escritura fue un hereje que se llamaba Marción. Y lo que Marción hizo fue que produjo y modificó una versión de la Biblia en la que en los libros del Nuevo Testamento cualquier referencia del Antiguo Testamento que presente a Dios como bueno y justo fue borrada, porque Marción creía que el Dios del Antiguo Testamento no era el Dios Supremo, no era el Padre de Jesucristo, sino que fue un demiurgo infame y desagradable, quien controlaba este mundo y lo sujetaba a ira y juicio, visitándolo con toda clase de actividades severas y crueles.

Y la idea que tenía Marción era que Jesús, cuando Él vino, nos redimió de ese personaje desagradable que se encontraba en el Antiguo Testamento. Por eso es que usó sus tijeras y creó un Nuevo Testamento de acuerdo a sus gustos y, por supuesto, eso es lo que provocó que la iglesia se plantara frente a Marción y le dijera, “No. Tú has distorsionado el mensaje bíblico”. Y fue entonces cuando la Iglesia encontró necesario el declarar con claridad qué libros y qué contenido de esos libros pertenecen en sí a la Biblia.

El tema en ese entonces fue un asunto de acuerdo entre los miembros de la divinidad; y una vez más, todavía existen personas que tienden a ser unitarios con alguna persona de la Trinidad u otra. Al pensar en el Unitarianismo—pensamos en los que dicen, “El único Dios es Dios el Padre. El Hijo y el Espíritu Santo son seres inferiores”. Pero otros tienen un Unitarianismo de la Segunda Persona de la Trinidad, o de la Tercera Persona de la Trinidad. Algunas personas piensan que la obra de redención completa fue cumplida únicamente por el Espíritu Santo o únicamente por Cristo, y lo que tenemos que ver en este pacto de redención es que, desde la eternidad, las tres personas de la Divinidad—El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo—acordaron juntos crear este drama y operar dentro de él.

Ahora vemos, por ejemplo, que Dios es como el dramaturgo. Cuando los actores se juntan para actuar en una obra, desarrollar una producción dramática, no se paran simplemente en el escenario e improvisan algo.

Es usual que haya un plan escrito, un escenario que ha sido creado por el autor. Lo mismo es con el drama de la redención. Desde toda la eternidad, Dios planeó este drama, y Él solo ha tenido un plan. Este plan de salvación no ha tenido un plan A y luego un plan B, aunque a menudo actuamos como si Dios actuara así—que Dios tiene un plan, y empieza a ejecutar tal plan. Si las cosas no van como quisiera, como si fuera un entrenador luego de los primeros 45 minutos, él ajusta el plan. Él sale con un plan B y dice, “Bueno, si no funciona, entonces pondremos en práctica esta opción que espero que funcione”.

Pensar de esa manera está reflejando una visión de Dios que lo hace un poco menor que el Becerro de Oro que no es más que un espectador impotente, un animador celestial que espera que las cosas funcionen. No, la visión bíblica es que el plan de Dios fue establecido en la eternidad, que no hay plan B, y que este plan no tiene otra chance más que suceder.

Como lo diría el lenguaje escritural, “Es necesario que todo esto suceda” porque fue establecido en la eternidad por el determinante y predeterminado consejo de Dios mismo. Lo que estoy diciendo es que antes que el mundo fuera siquiera creado, Dios tuvo la intención de crear un mundo, y que tal creación era parte del plan eterno de Dios.

Y en ese plan eterno hubo un completo acuerdo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando vamos a las Escrituras, vemos cómo en ese drama los tres miembros de la divinidad están activos. Algunas veces la Biblia habla de la creación como siendo la obra del Padre, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” y tendemos a pensar que esto se refiere casi de forma exclusiva a la obra de Dios el Padre. Pero luego cuando leemos el recuento de la creación, cómo Dios trae orden al universo, vemos que el Espíritu Santo—el Espíritu de Dios—se mueve sobre las aguas y trae la luz al mundo y llena el mundo con aquellas cosas que habitan nuestro planeta.

Así el Espíritu mismo es visto como íntimamente involucrado en la actividad de la creación y, de forma particular, cuando se trata de la creación de la vida porque, aparte del Espíritu Santo, nadie podía vivir en lo absoluto. Bíblicamente, todos tenemos al Espíritu Santo en un sentido—no en el sentido de la redención, sino en el sentido de participar del poder del Espíritu Santo de Dios, el cuál es el mismo poder de la vida.

Aun el pagano que no tiene una relación redentiva con Dios, sin embargo, participa de los beneficios—los beneficios comunes—del Espíritu Santo al experimentar la vida misma.

Eso fue la tercera persona, pero ¿qué de la Segunda Persona de la Trinidad? Cuando vamos al Nuevo Testamento leemos, “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios…” Continúa el texto y luego dice, “Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. El Nuevo Testamento dice que el mundo fue creado por la Segunda Persona de la Trinidad, Cristo, en Cristo, y para Cristo. En un sentido, todo lo creado fue un regalo del Padre al Hijo. Ésta es solo una manera de hablar del acuerdo íntimo en la divinidad.

Pero nuestra preocupación no es con la creación, es con respecto a la redención; y la redención es el drama de la salvación de la creación caída. Y desde toda la eternidad, Dios no solo planeó la creación, sino que Él también planeó la redención de la creación, y la redención de la creación fue igualmente una obra trinitaria.

El Nuevo Testamento dice, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito”, y estamos muy familiarizados con ese texto. Hay mucho en las Escrituras acerca de Dios dando a su Hijo—el Padre enviando al Hijo—y por eso el impulso inicial para la redención empieza con el Padre. El Padre es el miembro superior de la divinidad, y el Hijo y el Espíritu Santo están subordinados en términos de obrar el plan de salvación. Eso no significa que el Hijo o el Espíritu son, de alguna manera, inferiores al Padre; ellos son iguales, ellos son co-eternos, ellos son co-substanciales, son iguales en poder y ser, en dignidad y en todo lo demás.

Pero en términos de su acción, Dios el Padre es el iniciador. El Padre envía al Hijo al mundo—no es que el Hijo envía al Padre—y el Padre y el Hijo juntos envían al Espíritu Santo al mundo. Y así vemos que el Padre es como el iniciador que está activamente involucrado en la obra de redención.

¿Qué del Hijo? Es el Hijo el que no considera su igualdad con Dios como algo a que aferrarse con tenacidad o celo, sino que es el Hijo quién, desde toda la eternidad, concuerda con el Padre que en un momento dado se vaciaría a sí mismo de su gloria, y asumiría la naturaleza de la humanidad, para encarnarse y someterse a las leyes del Padre, a las que todos los seres humanos están llamados a obedecer, y llegar a ser obediente hasta la muerte, aun la muerte en una cruz.

Y así, esta no es una decisión que el Padre toma de forma unilateral para enviar al Hijo, sino que el Hijo está de acuerdo—que la venida de Cristo al mundo es voluntaria. Él está de acuerdo. Hay un pacto entre el Padre y el Hijo, y el Hijo está dispuesto a venir. Y ahora, es el Hijo quién se ofrece en sacrificio al Padre para satisfacer la rectitud del Padre, para satisfacer su justicia.

Cristo se ofreció a sí mismo en la Cruz por nosotros y por nuestra salvación, y lo hizo para satisfacer la justicia del Padre; y no solo se ofreció a sí mismo como ofrenda, como un sacrificio con el fin de satisfacer las demandas de la justicia de Dios, sino que más allá de eso, Él continúa en su rol como un intercesor por su pueblo. Por toda la eternidad, este era el plan de Dios, que el Hijo viniera a redimir a su pueblo, y el Hijo lo llevo a cabo. Él recrea el drama. Él viene, es encarnado, se sujeta a sí mismo a la ley, vive una vida de perfecta obediencia, y luego se ofrece a sí mismo como el sacrificio perfecto; y luego entra Él mismo al lugar Santísimo en el cielo, con la sangre en sus propias vestiduras, de su propio sacrificio y sirve allí de forma perpetua como nuestro intercesor.

¿Qué del Espíritu Santo? Vemos al Espíritu Santo activo en la creación, pero Él también está activo en la redención. El Padre envía al Hijo, es el Hijo quien se encarna, pero ¿cómo ocurre la encarnación? sino a través de esa joven campesina que ha concebido por el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien cubre con su sombra a María y hace posible que ella tenga un hijo, quién es el Dios encarnado. Es el Espíritu Santo que unge a Jesús en su bautismo y lo empodera para su misión de servir como nuestro mediador y como nuestro redentor; y cuando el Hijo del Hombre es ofrecido en la cruz y Jesús muere y luego es enterrado, ¿quién es el que lo levanta de la tumba? Las Escrituras nos dicen que es el Espíritu Santo que viene y revive el cadáver de Jesús.

Entonces el ministerio de Jesús es a través del Espíritu Santo, su resurrección es a través el poder del Espíritu Santo, y luego, por supuesto, más allá está la aplicación de la redención que Dios ha diseñado, que Cristo ha ejecutado—ahora tiene que ser aplicada a su pueblo. ¿Cómo es que recibimos el beneficio de la obra de Cristo? Nos es aplicada por la obra y el ministerio del Espíritu Santo.

Es el Espíritu Santo quien nos estimula, regenera nuestra alma y hace esto posible para nosotros al hacernos pasar de la muerte a la vida, quién hace posible por nosotros que abracemos por la fe a Cristo. Es el Espíritu Santo quién obra en nosotros diariamente, obrando en nosotros para nuestra santificación. Es el Espíritu Santo quién nos unge y nos da poder para el ministerio. Es el Espíritu Santo que nos convence de pecado. Es el Espíritu Santo que nos ayuda a orar a Dios. Es el Espíritu Santo quien nos glorificará en el cielo.

Y así los personajes en este drama grandioso incluyen toda la dimensión y todas las personas de la Trinidad. Es una obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hace poco oí a una mujer decirme, “me parece que la mayoría de los cristianos, en nuestros días, creen que la iglesia empezó con Billy Graham”. Hay dos cosas que quisiera decir al respecto. Este fue, en cierto modo, una afirmación cínica de parte de esa dama, y no tenía la intención de insultar a Billy Graham. Ella no estaba criticando a Billy. Ella estaba criticando a la iglesia por su falta de entendimiento de toda la historia de la iglesia, la cual involucra no solo ir hasta la Edad Media, o ir hasta el primer siglo, sino que significa el ir todo el camino de vuelta hasta el inicio de la iglesia en el Jardín del Edén.

Pero aún el llegar hasta allí no es llegar al final del camino. Si vamos a entender realmente cuándo empezó la iglesia, debemos saber que empezó en el pacto entre los miembros de la divinidad—que este drama donde todos estamos involucrados hoy empezó en la eternidad, y que no tiene fin porque está destinado para la eternidad. Esta redención es de características eternas. Nosotros hemos experimentado toda clase de asuntos redentivos en nuestras vidas, de forma temporal.

Puedo recordar que cuando era niño tuve que ir al dentista cada seis meses y tenía que ir al dentista para que rellenara las cavidades en mis dientes. Y puedo recordar que cuando él acababa, me iba del consultorio del dentista con un gran suspiro de alivio mientras decía, “Tengo al menos otros seis meses antes de tener que regresar”. Pero siempre tenía que volver. Nunca terminaba. Pero en este drama, la redención que experimentamos en Cristo está destinada y durará para siempre. Nosotros ya estamos participando de la vida eterna—una vida que fue planeada desde la eternidad y planeada para la eternidad.