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Lo que hace la vergüenza

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie “La vergüenza”, publicada por la Tabletalk Magazine. 

En un momento preñado de tristeza y esperanza, dignidad y depravación, sufrimiento y gloria, una madre bajo duelo se paró frente a los dolientes que se habían reunido para honrar la vida de un hombre, y pronunció las siguientes palabras: “La vergüenza mató a mi hijo Lucas. La vergüenza lo mantuvo tranquilo, viviendo con secretos sombríos y con terrible remordimiento, rodeado de amigos, pero aun así muy solo”. Después de repasar los rostros de los que estaban reunidos y al reconocer silenciosamente a los que ella sabía que también habían luchado con la adicción, les amonestó: “No permitan que la vergüenza gane. El maligno ha llenado su pluma con vergüenza, desconexión, secretos y pena y está escribiendo su historia tenebrosa. La historia de luz proveniente de Dios con redención, esperanza, comunidad, verdad y gloria, está escrita con Su propia sangre”.

Lucas Johnson apagó su propia vida el año pasado al final de una batalla prolongada contra la adicción y la vergüenza. Aunque era bastante joven y había crecido en un hogar cristiano y había profesado fe en Cristo, había perdido toda esperanza. Lucas no había captado la verdad de que el evangelio de gracia reemplazaba su identidad basada en vergüenza con una identidad en Cristo. Su historia es narrada por la voz de la vergüenza, en marcado contraste con el evangelio de Lucas, el cual está salpicado de historias en las cuales la vergüenza es sofocada por la gloria. En el evangelio según Lucas Johnson, el maligno secuestró la historia de gloria y la cubrió de vergüenza. Una persona envuelta en vergüenza se concentrará en sí misma; se aislará y culpará a otros por su situación. La vergüenza a la postre crea un estilo relacional de evasión. Queremos evitar ser descubiertos, para prevenir que nuestros lugares más oscuros sean expuestos.

Como creyentes nuestras historias serán tejidas y culminarán en gloria.

Esta no es solamente la historia de Lucas Johnson, porque la vergüenza es parte de la historia de todos. La vergüenza se escribe a sí misma dentro de la historia de nuestras vidas. La vergüenza se hace manifiesta por el aislamiento, la autoprotección, el odio propio, la autodestrucción, autopreservación y la ilusión de control. La primera dinámica es el aislamiento, la cual es la postura de la vergüenza.

A pesar de la popularidad y los amigos de Lucas, él creó un mundo que no le conocía, un mundo de aislamiento. El pecado de la vergüenza tiene una singular manera de distanciarnos de los demás. Una manera simple de definir el pecado es decir que nos separa más profundamente de Dios; de nosotros mismos, de otros; y finalmente de la creación. Una persona cargada de vergüenza se aislará de gente saludable o en buen estado emocional, y aunque no comparta sus propios secretos, será arrastrada hacia relaciones con otras personas marcadas por la vergüenza. Evitará la vulnerabilidad y se moverá hacia el cinismo en sus relaciones. Las relaciones del individuo cargado de vergüenza son a menudo superficiales, disfuncionales y enfocadas en conductas externas comunes (juegos, música, entretenimientos) contrario a las experiencias emocionales compartidas. A fin de crear una postura de aislamiento, el motor que mueve esta actitud es la autoprotección.

Si una persona siente como que están a punto de “descubrirla,” entonces se deja sobrecoger por el temor. Las buenas relaciones demandan vulnerabilidad; el compromiso con la autoprotección mata la vulnerabilidad. Muy parecido a un soldado tras las fronteras enemigas, el individuo cargado de vergüenza siempre se la pasa revisando y evaluando el ambiente buscando alguna señal de exposición potencial. Las barreras saludables son importantes, especialmente en las nuevas relaciones, pero las relaciones solo pueden crecer a medida que se toman riesgos más significativos para desarrollar afinidad. La vergüenza previene que se tomen estos riesgos. A medida que crecen el aislamiento y la autoprotección, se reducen las relaciones positivas. La ausencia de influencias estimulantes y perspectivas saludables promueve el creciente odio propio.

La motivación detrás de todas las estrategias relacionales negativas es el odio propio. El nivel de vergüenza que se ha escabullido en la historia de uno, se correlaciona con el nivel de odio propio que se experimenta. La gente cargada de vergüenza se enfurecerá consigo misma y se ofenderá solo de pensar en la gracia. A menudo estos viven en un estado de ambigüedad, con un sentido tanto de derecho como de indignidad. Hay una demanda por socorro o liberación, pero a la vez hay un sabotaje cuando este se ofrece. A menudo demandan una gran dosis de atención mientras que simultáneamente sabotean esta atención porque se sienten indignos. Se encuentran en una danza constante con la mentira de la inevitabilidad: “Soy una persona indeseable; es solo asunto de tiempo antes de que todo mundo se entere de quién soy”.

A Satanás se lo conoce como el “acusador de los hermanos,” y él nos susurra y nos recuerda que nuestros momentos más oscuros han de ser revelados. En Jeremías, el pueblo de Dios está sediento en medio del desierto. En Jeremías 2:13 él declara que han cometido dos pecados. El primer pecado es que le han dado las espaldas a Dios, la fuente de aguas vivas, y el segundo es que se han “cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua”; a saber, neciamente han elaborado sus propias maneras creativas de satisfacer su sed. Es el acusador que causa que sintamos repugnancia por nuestra sed en vez de sentirnos arrepentidos de nuestra propia rebelión.

Dios usa imágenes poderosas en las Escrituras para describirnos como hambrientos, sedientos, encarcelados, en cautiverio y esclavizados. Estos descriptores son usados para describirnos cuando no mantenemos una relación con Él. La vergüenza nos invita a aborrecer nuestra sed, nuestros deseos hambrientos de conexión y redención, y hace que odiemos aún la posibilidad de esperanza.

La característica más insidiosa de la vergüenza, no obstante, es la habilidad de provocar que la gente considere la creencia errónea de que en su esencia han sido diseñados defectuosamente. Es el odio propio quien le dijo a Lucas que no había salida y que él era demasiado indeseable y muy alejado de la redención. Sus “cisternas agrietadas que no retienen agua” eventualmente se secaron, abandonándolo a la creencia de que estaba solo y sin posibilidad de redención.

El odio propio da paso a comportamientos desesperados y autodestructivos. La vergüenza se correlaciona con la conducta destructiva. Investigaciones muestran una alta correlación entre la vergüenza y la participación en la intimidación, la agresión y el suicidio. Para Lucas, la conducta destructiva era adicción; en otros, pudiera ser actividades que anestesian el alma. La vergüenza opera como un filtro y amplificador. Filtra la dignidad que es parte de ser un portador de la imagen de Dios y amplifica nuestra depravación. Puede que algunos vivan una vida orientada hacia el temor y que nunca tomen riesgos apropiados. El alma desesperada anhela ser anestesiada.

El temor a la exposición cuando uno atenta preservar las trizas restantes de la dignidad, llega a ser profundo. La cantidad de energía que se requiere para esconder la lucha creciente es inmensa. El vivir da paso al sobrevivir; el relacionarse da paso a la autopreservación. Es imposible llegar a ser orientado hacia otro u orientado hacia Dios cuando uno está enfocado en sobrevivir. En este estado de sobrevivencia mayor, la ansiedad aumenta, hay una probabilidad creciente de depresión, y comenzamos a mantener y proteger secretos sombríos de lo que pensamos que somos, de lo que hemos hecho, y en algunos casos, de lo que nos han hecho. Cuando la meta de uno es autopreservación, la ilusión del autocontrol es imperativa.

Paradójicamente la vergüenza le da a la persona cargada de vergüenza la ilusión de control. Permite que nos sintamos como si fuéramos capaces de cavar nuestras propias cisternas: “Si el problema soy yo, puedo resolverlo. No necesito ser dependiente de Dios o de nadie. Yo puedo arreglarme”. Un principio de vida es que solo luchamos batallas que creemos que podemos ganar, y la vergüenza nos permite reestructurar la realidad y creer que nosotros somos el problema y la solución; por lo tanto, podemos ganar. La vergüenza invita a la persona a llevar la carga, y al lograrlo, provee un falso sentido de control. A la persona cargada de vergüenza se le permite llevar esta carga y no confiar en Dios o en otros, jamás. La historia de gloria de Lucas fue secuestrada por la vergüenza, mientras que el evangelio de Lucas nos cuenta de la gloria que se desató de historias que inicialmente fueron bañadas de vergüenza.

El evangelio bíblico de Lucas incluye historias de los marginados o privados de derechos: el leproso, el paralítico, la mujer con el flujo de sangre. Las historias de Lucas invitan a los lectores a ver a Cristo como el transformador y el sanador. Lucas aun introduce la gran historia de gloria en un lugar que muchos considerarían vergonzoso: un establo con pastores. La gran historia de gloria de Dios es un torrencial de historias como la del menesteroso, el enfermo, el abandonado y el despreciado, pero Su presencia convierte lo vil en lo exaltado. Como creyentes nuestras historias serán tejidas y culminarán en gloria.

Lucas Johnson cegó su propia vida, creyendo que al hacerlo significaría que su historia llegaría a su final. Aun así, el Señor sigue usando su historia para consolar, instruir y motivara otros. Su familia sigue usando su dolor para educar y consolar a otros que se sienten como si estuvieran perdiendo esperanza. Es tanto aleccionador como tonificante el darnos cuenta que la voz de Satanás conducirá a la vergüenza, pero que la voz de Dios conducirá a la gloria. Así como la vergüenza puede conducir a la autodestrucción, el vivir en gloria conducirá a la transformación.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
James Coffield
James Coffield
El Dr. James Coffield funge como profesor adjunto de consejería y es el director clínico del programa de maestría en consejería en el Seminario Teológico Reformado en Orlando, Florida.