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Transcripción

Al continuar con nuestro estudio de la santidad de Dios, proseguimos observando el tema del trauma de la santidad de Dios. Hemos visto que nos incomodamos cuando Dios se acerca y empieza a manifestar o a exhibir Su majestad trascendente.

Ya hemos examinado la narración del Nuevo Testamento, de lo que le pasó a los discípulos cuando ellos estuvieron atrapados en una tormenta en el mar y se asustaron con las fuerzas de la naturaleza que amenazaban sus vidas, y como Jesús tomó la situación al ordenar a los vientos y al mar que se calmen. Y cuando ellos de repente y de forma instantánea se calmaron, el temor de los discípulos se intensificó. Ahora ellos estaban más asustados de Cristo que de las fuerzas de la naturaleza.

Y quisiera que continuemos viendo la dimensión de nuestro temor humano natural a lo divino y el temor a lo santo y trascendente. Varios años atrás fue escrito un libro que llegó a ser muy popular en el mundo secular. Se titulaba, El Principio de Peter. Era un estudio del síndrome que ocurre en los negocios y en las corporaciones cuando las personas buscan escalar los niveles corporativos al próximo nivel de autoridad.

Y el principio de Peter es aquel que dice que hay una tendencia en el mundo de los negocios a que la gente se eleve a su nivel de incompetencia. Es una interesante percepción, ¿no es cierto? Porque la gente podría ser muy competente en el nivel uno, y cuando pasa al nivel dos todavía seguir siendo competente porque ellos muestran competencia. Entonces se le promueve al nivel tres, pero ahora, de repente, a ellos se les confía una posición que los supera. Y tarde o temprano, la teoría dice, uno es elevado más allá de donde debería estar, al nivel de incompetencia.

Bueno, ha habido mucha discusión acerca de esto, pero hay un capítulo en el libro que me fascina desde una percepción teológica, un capítulo en que se describe a la persona que es súper competente. El autor habla del súper incompetente, la persona que nunca va más allá del primer nivel. Es tan incompetente que ni siquiera puede llegar al nivel de entrada de la organización y lo eliminan y pierde su trabajo. Pero, ¿qué del individuo excepcional que no solo es competente, sino que tiene abundante competencia, quién es súper competente?

Bueno, el libro dice, de acuerdo a una encuesta que ellos hicieron, que para que una persona sea excepcionalmente competente para avanzar a un nivel apropiado en una organización con frecuencia, casi siempre debe moverse a otra compañía, porque el súper competente enfrenta una resistencia enorme de dos fuentes—de las personas que están bajo él o ella, debido a que se intimidan, se sienten amenazados por su grado superlativo de competencia, y aún más las personas que están sobre ellos, debido a que se sienten amenazados por esa persona súper competente que viene a tomar su trabajo.

Ellos dicen que lo que le pasa a una persona que es excepcionalmente capaz para que pueda avanzar en el mundo corporativo. Lo que tiene que hacer es moverse de compañía en compañía donde se está buscando a alguien súper competente y que no represente una amenaza latente.

Bueno, ¿cómo se aplica esto a la teología? Tratando de explicar la reacción de las personas a Jesús podemos aplicar esto. Jesús fue el ser humano más súper competente que alguna vez caminó sobre la tierra. Y ¿quiénes fueron lo que más lo resistieron y lo odiaron. No era la gente común. Las Escrituras dicen que la gente común le oía con agrado. Se regocijaban en su habilidad y en su competencia.

Pero eran los fariseos y los escribas los que lo odiaban. ¿Por qué? Bueno, los fariseos eran un grupo de personas que empezó, históricamente, como un grupo de gente que se llamó a sí mismo como los separados, que se consagraron a sí mismos a la rigurosa búsqueda de la rectitud. Y ellos eran tan celosos en su búsqueda de la rectitud que llegaron a obtener un nivel poco común de aprecio popular y aclamación por su estatus, siendo los pilares de la comunidad. Ellos mostraron todas las apariencias externas de grandeza con respecto a la rectitud. Eran tan disciplinados, mucho más disciplinados que la gente común, tan devotos en sus oraciones, en sus diezmos y en su liderazgo, que la gente empezó a mirarlos como los modelos de todas las virtudes, pero, en realidad eran un fraude.

Su rectitud solo era superficial. Eran unos hipócritas. Y un hipócrita es alguien que está actuando un papel, que entrega un show externo de rectitud, pero que es corrupto en el interior. Y ellos fueron capaces de engañar a la gente. Su santidad falsa no fue revelada como falsa y fraudulenta hasta que el mismo santo apareció.

Cuando apareció, esto es lo que pasa cuando la verdad aparece con claridad, la falsedad es expuesta por lo que es, y la presencia de Jesús de Nazaret era una manifestación amenazadora para esa gente que se enorgullecían en su rectitud. Se sintieron amenazados; estaban resentidos; eran hostiles y conspiraron para destruirlo.

Recuerdo algo que me pasó cuando estaba en mi primer año de mi carrera como profesor. Estaba enseñando en una universidad presbiteriana en Pensilvania, y había una señorita de años avanzados que estaba en mis clases de filosofía. Ella había tomado varios cursos en los que enseñaba filosofía. Y en cada curso ella no solo sacaba As, sino que obtenía, de lejos, la nota más alta de cada examen. Yo solía poner las notas con una curva. Y algunas veces a los estudiantes no les iba tan bien; el examen era, quizás, demasiado difícil y tenía que hacer algo, y las notas tenían que subirse, y veía cuáles eran las notas que recibieron los estudiantes, y tenía que escalarlas en la pizarra. Y era posible que la nota promedio era 60 o 70 en la clase, y veía que esta muchacha llegaba a sacar un 99.

¿Cuál se suponía que era la respuesta de los estudiantes cuando hiciera el anuncio? Ellos no se levantarían instantáneamente para darle una ovación de pie. Un gruñido saldría por el aula, un suspiro de desdén. A ellos no les gustaba que ella hubiera mostrado su desempeño superior.

Uno de esos días tomé un examen a la clase de filosofía, y cuando puse las notas, esta muchacha reprobó el examen. La prueba era terrible, se equivocó en cada pregunta. Entonces la llamé y le pregunté, “¿Qué te pasó en este examen?” Le dije que había algo muy raro en todo eso. Ella se había equivocado en cada pregunta de una forma tal que solo sabiendo la respuesta correcta uno podía equivocarse todas las veces. Le dije que había algo muy extraño en todo esto.

Y ella se echó a llorar. Me explicó que ella estaba en su último semestre de su programa universitario, no estaba casada ni comprometida, no tenía un novio y que nadie la invitaba a salir. Ella estaba entrando en pánico. Los muchachos le habían dicho que ellos no querían salir con ella porque era demasiado inteligente para ellos.

Ella me dijo, “Profesor Sproul, yo solo quiero casarme. Quiero tener una familia. Yo no miro en menos a la gente que no le va tan bien como a mí me va”. Y ella, de forma intencional, reprobó el examen porque se dio cuenta que su desempeño superior la estaba alejando de los demás, debido a que rompía con el estándar. Rompía la curva y el molde.

Nadie, nunca lo pudo hacer como lo hizo Jesús. Hay otro episodio en el Nuevo Testamento que involucra el Mar de Galilea. Involucra a Jesús, el mismo mar, y los mismos discípulos que vimos en el episodio donde Jesús calmó la tempestad. Éste está registrado en el quinto capítulo del evangelio de Lucas, empezando en el verso 1. Esto es lo que dice, “Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios.

Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud.Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía.

Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón”.

¿Pueden ver lo que está pasando aquí? Jesús está por enseñarle a las multitudes y ellos están a punto de aplastarlo. Él ni siquiera tiene un lugar donde ir. Y por eso, con el fin de poder estar en una posición que sea más apropiada para dirigirse a esa gran multitud, le pidió a los discípulos que le den uno de los botes para que desde allí, en la orilla, se dirigiera a la multitud. Y después que terminó su mensaje, le dijo a Simón y a los discípulos que habían estado allí en la orilla con los botes y reparando sus redes, lo que, por cierto era una ocupación diaria.

Si ustedes van a cualquier puerto de pescadores, por ejemplo, en el muelle ustedes podrán ver a los pescadores reunidos al final del día, aun en nuestros días, reparando con cuidado sus redes de cualquier agujero que tengan las redes. Esto se debe a que cuando los pescadores tienen agujeros en las redes, no atraparán pescados, porque se escaparán por los agujeros. Por eso tienen que mantener esas redes en buen estado.

Bueno, eso es lo que los discípulos habían hecho luego de que completaron sus tareas de pesca por el día y estaban preparándose para la próxima travesía en el mar. Y así Jesús, luego de que había terminado su discurso y viendo las redes reparadas, les dijo que remen mar adentro y que echen las redes para pescar. Recuerden que Jesús es su maestro, es su Rabí. Ellos eran sus estudiantes. Y lo que sea que el rabí dijera, se suponía que ellos tenían que obedecer.

Y a lo largo de casi todo el ministerio de Jesús, cuando les decía a sus discípulos que hagan algo, ellos normalmente lo hacían sin la menor duda, protesta o argumentación. Pero en esta ocasión, Pedro discutió con Jesús. Es como si Simón estuviera diciendo, “Jesús, entendemos cuán súper competente eres en el área de la teología, y cuando nos enseñas teología, somos muy respetuosos, estamos a tus pies, pero ahora danos un poco de crédito. Nosotros sabemos algo del negocio de la pesca. Somos profesionales. Hemos estado haciendo esto y estuvimos en el mar toda la noche y no pescamos nada…” Pedro no dice esto así exactamente. Él solo simplemente le recuerda a Jesús lo que ya sabía. Que habían estado allí toda la noche, y que fue una faena pésima sin captura de peces. Y es como si Simón estuviera diciendo, “Bien compañeros, sigámosle la corriente. Si dice que tiremos las redes, vamos a tirar las redes y demostrarle que no hay peces hoy”. Y ustedes saben lo que pasó. Ellos fueron, tiraron las redes, y cada pez que había en el Mar de Galilea saltó a la red. Esto fue tal pesca como nunca antes lo hubo en la historia. No solo sus redes están repletas, sino que están llenas hasta el punto de romperse. Y cuando subieron las redes en el bote, es tan grande que el bote está ahora empezando a hundirse.

Tuvieron que llamar a otros botes que vengan para que los ayuden a manejar esta enorme captura de peces. Y esos botes están ahora en peligro de hundirse. Lo que tenemos es lo que ha sido llamado la Pesca Milagrosa.

Lo que quisiera que veamos mientras seguimos observando el trauma de la santidad, es la reacción de Simón a este episodio. ¿Cuál creen que debió haber sido su reacción? Recuerden que Simón es judío y es un hombre de negocios. Y los hombres de negocios no son conocidos por su falta de interés en las ganancias.

Yo le hubiera dicho, “Jesús, mira. Hagamos un trato—cincuenta por cierto del negocio. Todo lo que tienes que hace es venir una vez al mes y hacer esto que acabas de hacer. Solo una vez al mes y cincuenta por ciento de las ganancias son tuyas. Nosotros nos encargamos de las redes y de los botes, trabajando la pesca de forma normal. Solo que un día al mes, vienes y lo haces de nuevo”.

Eso es lo que hubiera hecho. Pero no es lo que Pedro dijo. Simón Pedro miró a Jesús y le dijo, “Aléjate de mí”. Márchate. Sal de aquí. Las palabras que leemos en el texto, “Apártate de mí, Señor”. ¿Por qué le pediría que Jesús se vaya? Él no ha dañado las redes, ni tampoco los botes y menos le ha hecho daño a la gente.

Simón nos da la razón. Él dice, “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador”. ¿Qué tenía que ver el llenar las redes con peces con la pecaminosidad de Simón Pedro? Una vez más, ¿Puedes ver lo que está pasando aquí? En esta obra milagrosa de Cristo, hay una aparición repentina de la gloria. Su majestad trascendente, la cual había sido velada, tapada y oculta por su humanidad, de repente se manifiesta, y una vez más, Simón se da mucha cuenta de que está parado delante de la presencia del santo. Y no puede soportarlo. Jesús, por favor, apártate de mí. Vete, porque soy un pecador, no puedo estar en la presencia del santo. Estoy desnudo, estoy expuesto.

Cuando tú manifiestas tu gloria como ahora, es devastador para mí. Es traumático. No tengo cómo defenderme. Necesito algún espacio. Estás importunando y me haces profundamente incómodo.

¿Por qué la gente huye de Cristo? ¿Por qué la gente escapa de Dios? ¿Por qué somos, por naturaleza, fugitivos? La Biblia dice que los malvados huyen cuando nadie los persigue. Lutero solía decir que el pagano tiembla con el ruido de una hoja porque sabemos que no somos dignos.

Desde el mismo primer pecado, los seres humanos se han ocultado, ocultándose del rostro de Dios, buscando con desesperación algo que los cubra, que los proteja del trauma de la presencia del santo.

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo del día de hoy, permítanme preguntarles, ¿Cuán cómodo está en la presencia del santo?

Me he dado cuenta de algo notable en mi trato con mis amigos, mis amigos cristianos y los que no son cristianos. Yo paso tiempo jugando golf con hombres que no han hecho ninguna profesión de fe en Cristo, y algunas veces su lenguaje se pone un poco fuerte, desatando algunas expresiones fuertes en el campo de golf. Cuando eso sucede, inmediatamente se vuelven a mí y me dicen, “discúlpame pastor”. Y ellos me piden disculpas como si hubiera algo por lo que deben rendirme cuentas por su lenguaje. Yo no soy su juez. No es que mis oídos son vírgenes o que aun mi boca lo sea. He oído esas palabras un millón de veces.

No deberían y no sé por qué ellos sienten la necesidad de disculparse conmigo. Pero algunas veces hablamos de eso y ellos tienden a decir, “Bueno, RC, tú eres un ministro, por eso no estamos cómodos”. Otras veces ellos se sienten cómodos y dicen, “Tú sabes, no eres como nuestros pastores. Sentimos que podemos ser nosotros mismos al estar contigo”. ¿Por qué necesitan decirme eso? No soy Dios. No soy Cristo, no soy santo. Pero como soy pastor, represento para ellos al santo.

Y a veces la gente reaccionará contra los cristianos y los llamarán santurrones o que deben ser perfectamente humildes, pero todo lo que tienes que hacer es llevar el nombre de Cristo y ya harás que la gente se sienta incómoda. ¿Estás incómodo?