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Transcripción

Al continuar con nuestro estudio de la santidad de Dios, recordemos que hemos estado mirando de cerca las circunstancias que rodearon el llamado del profeta Isaías al ministerio. Y hemos visto el marco histórico con la vida trágica del rey Uzías. Hemos visto la respuesta de las criaturas celestiales, los serafines ante la cegadora gloria de la santidad de Dios. Hemos considerado la afirmación de que toda la tierra está llena de su gloria, e incluso observamos las diversas respuestas que las personas tienen hacia esta gloria, cómo la mayoría de nosotros hemos ido por la vida y la dejamos pasar aun cuando nos está mirando directamente a los ojos. Pero lo que es más importante de considerar ahora es la respuesta de Isaías mismo a la experiencia de mirar en la cámara interior del cielo y mirar el despliegue glorioso de la santidad de Dios.

Vayamos de vuelta al texto y veamos la respuesta de Isaías. Leemos en el verso 4 de Isaías 6 que, “los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenaba de humo”. Luego leemos estas palabras de Isaías, “Entonces dije: ¡Ay de mí! Que soy muerto, porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al rey, Jehová de los ejércitos”. Como ya se los he mencionado antes, cuando vemos la triple repetición de la canción de los serafines celebrando la santidad de Dios en la que decían, “Santo, santo, santo”.

Y ya les he explicado que hay técnica literaria inusual involucrada que le era común al pueblo judío. En esta frase que es pronunciada por Isaías, “¡Ay de mí!, que soy muerto” encontramos algo que es intensamente judío que podríamos leer muchas, muchas veces y perder su significado.

Un profeta del Antiguo Testamento era alguien separado por Dios, ungido por el Espíritu de Dios y comisionado para anunciar la palabra de Dios a su pueblo. Él era un hilo conductor de revelación sobrenatural. Él fue dotado y autorizado para hablar los pronunciamientos de Dios. Y esos pronunciamientos que fueron pasados y canalizados a través de los profetas fueron básicamente de dos clases o dos tipos. Ellos eran tanto pronunciamientos positivos o pronunciamientos negativos. Eran buenas noticias o malas noticias.

Vemos, por ejemplo, en el Nuevo Testamento, que en el Sermón del Monte cuando Jesús dio su famosa lista de bienaventuranzas, él usó una fórmula que era común a los profetas de Israel. Y la forma de la fórmula era el uso de lo que fue llamado un oráculo.

Ahora hemos oído del famoso oráculo de Delfi, donde los reyes de la antigüedad y los sacerdotes iban a consultar a ese oráculo buscando conocer el futuro, con la esperanza de que el oráculo les daría una predicción profética del resultado de una guerra, de una inversión de negocios o de lo que fuera. Y el oráculo anunciaría su mensaje, y ellos usarían una fórmula particular que sería conocida como la fórmula oracular. Y como dije, la fórmula de un oráculo puede ser positiva o negativa.

En las bienaventuranzas, cuando Jesús dice bienaventurados los pobres, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados y así. Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados. Bienaventurados los pacificadores porque serán llamados hijos de Dios. Allí está usando la fórmula judía porque un oráculo de prosperidad, un oráculo que comunicaba buenas nuevas era precedido por la palabra “bienaventurado”. Para un judío, el ser bendito era ser llevado más cerca de la presencia de Dios.

Me disgusta cuando los traductores modernos traducen “bienaventurado” o “bendito” con la palabra “feliz” porque nuestra palabra “felicidad” se ha desvalorizado por el uso superficial del término. Hoy decimos que la felicidad es abrazar una mascota. Bueno, lo que obtenemos de un perro cálido está bastante lejos de lo que la Biblia habla de ser bendito o ser bienaventurado.

La idea de bienaventuranza podría ser vista en la bendición del Antiguo Testamento, donde la bendición hebrea es algo como esto, “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. ¿Han notado el paralelismo simétrico en este pasaje? La bendición es comunicada en la imagen concreta del rostro de Dios. Ser bienaventurado es vivir Coram Deo, vivir delante del rostro de Dios, vivir en la inmediata presencia de Dios, donde el Señor hace que su rostro brille sobre ti, donde el Señor alza sobre ti la luz de su semblante.

Si alguna vez viste la película Ben Hur, hay un momento magistral en el film. Cuando Ben Hur está en cadenas y ha sido reducido al nivel de esclavo, y al estar con un grupo de esclavos está siendo tratado con despreciable humillación. Él es arrastrado hasta la orilla de un pozo y ni siquiera puede levantarse de sus rodillas. Está sediento, está débil, está herido, maltratado y derrotado. Él está tirado en el polvo y con cadenas. Y está tan sediento. De repente todo lo que puedes ver en la pantalla es el paso de una sombra humana, y oyes una voz. Y Ben Hur voltea su rostro y mira hacia arriba a quien sea que esté parado allí. Y quienquiera que está parado allí se inclina y le da a Ben Hur un vaso con agua fría.

Lo que vemos es una dramática e inmediata transformación en el semblante de Ben Hur mientras mira en el rostro de quienquiera que le está dando esa agua fría. Y nunca vemos a esa persona, pero no hay duda que quién Ben Hur acaba de encontrar es Cristo. Y al mirar el rostro de Jesús, el brillo del semblante del esclavo cambió. Y en un segundo Ben Hur experimentó la bendición. “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. Ese es el oráculo de buenas noticias. Ese es el oráculo de bendición. Pero el concepto opuesto en el Antiguo Testamento a la bienaventuranza es la idea de maldición, otra palabra que ha sido trivializada en nuestra cultura.

Hoy pensamos en maldiciones como algo que médicos brujos colocan sobre un muñeco y cosas como esas. Pero en Israel, era la expresión suprema de la ira y el juicio de Dios. Recordemos que en el libro de Deuteronomio, cuando Dios establece su Ley delante de su pueblo y dice que si guardamos los términos del pacto, entonces benditos seremos en la ciudad. Benditos seremos en el país. Benditos seremos cuando nos levantemos. Benditos seremos cuando vayamos. Benditos seremos en la casa. Benditos seremos en la habitación. Benditos seremos en todas partes.

Luego hay un fuerte contraste, sin embargo, cuando Dios dice que si quebramos su ley, si rehusamos obedecer su voluntad, entonces seremos malditos en el país y lo seremos en la ciudad. Malditos serán nuestros cultivos y maldita será nuestra familia. Malditos seremos cuando nos sentemos y cuando los levantemos.

Así vemos esta ominosa idea de maldición. Bueno, la maldición para los judíos es exactamente lo opuesto, la antítesis de bienaventuranza. Y ésta alcanza su momento más terrible y doloroso con la imagen de Dios dando la espalda. En vez de hacer resplandecer la luz de su semblante al maldito, Él los lanza a la más terrible oscuridad. En vez de hacer que su rostro brille en el maldito, Él remueve por completo su rostro de entre ellos.

Yo he tenido serias discusiones con muchos acerca del concepto bíblico del infierno donde hay personas que me dicen, “RC, ¿tú crees que el infierno es la ausencia de Dios? Y les digo que sí, y como que respiran aliviados como si dijeran, ¿eso es todo entonces? Y les pregunto, ¿pueden imaginar algo más terrible que la absoluta ausencia de Dios en términos de su benevolencia? Les digo a ellos que dicen que la guerra es un infierno o que el dolor es un infierno o que un mal negocio es un infierno.

Ellos usan una hipérbole porque si pudieras hoy encontrar una persona en este planeta que está en el estado más terrible de dolor, sufrimiento y tormento que cualquiera pudiera experimentar en este mundo, sin embargo, esa persona no está total y absolutamente despojado de la compasiva presencia de Dios. No hay una esquina de este planeta sin que al menos brille algo de la luz del rostro de Dios.

Pero dentro del simbolismo judío se piensa que la peor de todas las cosas, la más grande pesadilla de la humanidad es estar en una situación donde la bendición es totalmente ausente, y solo la maldición permanece, solo el abandono está allí. Esas son malas noticias. Ese es el pronunciamiento de la fatalidad.

Les he mencionado que solo una vez en la Escritura un atributo de Dios es elevado al tercer nivel donde la santidad de Dios es declarada, “santo, santo, santo”. Pero hay un pasaje en el Nuevo Testamento, en el Apocalipsis, donde el juicio de Dios es descrito con un simbolismo gráfico, donde los ángeles vuelan a través del cielo más oscuro y ellos dan su oráculo de fatalidad contra este planeta en el cual estas criaturas aladas claman con la misma intensidad de los serafines, “ay, ay, ay”.

Y la copa de la ira de Dios fue derramada en el mundo. Ahora, la palabra que anuncia tal juicio viene en la forma de un oráculo. Es el oráculo del ay. Cuando la palabra de Dios pronuncia fatalidad y juicio, los profetas usan el término “ay”, tal como lo hizo Jeremías a la nación y a la ciudad, “¡Ay de ti, Moab! pereció el pueblo de Quemos; porque tus hijos fueron presos en cautividad, y tus hijas para cautiverio”.

Así como Jesús usa la fórmula oracular en su denuncia radical en contra de los fariseos y los escribas que estaban supuestos a ser los líderes de la devoción, los ministros de gracia, pero fueron los más duros opositores al Hijo de Dios. Él les dijo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros”. Una y otra vez Jesús entrega el oráculo profético de fatalidad a aquellos hombres. “Ay de vosotros, escribas y fariseos”.

Pero si hacemos la pregunta, ¿cuál es la primera profecía de Isaías, cuál es el primer oráculo pronunciado por este magnífico profeta del Antiguo Testamento. El primer pronunciamiento del profeta Isaías no es contra Damasco, no contra Israel, no contra Judá, no contra los escribas, no contra los fariseos.

Su primer oráculo profético es entregado contra él mismo, porque cuando ve la develada gloria y santidad de Dios, él clama, “¡Ay de mí!” Estoy maldito. Soy digno de ser tirado en la más absoluta oscuridad. “¡Ay de mí!” él clama, “… que soy muerto”. Intencionalmente estoy usando la Reina Valera del 60 porque he leído traducciones que dicen, “Ay de mí porque estoy arruinado”. Nadie habla más de estar muerto o deshecho. ¿Qué es lo que esto significa?

Me agrada la selección de sus palabras. Porque podrán ver, amados, que lo que Isaías está experimentado en este momento del encuentro con la santidad de Dios es el proceso que podríamos llamar desintegración psicológica. Nosotros decimos que una persona, que es virtuosa, es una persona íntegra, completa. En lenguaje coloquial diríamos que no tiene quiebres. Esto quiere decir que los varios componentes de su vida están integrados, y que es, por lo tanto, una persona de integridad.

Bueno, si hubiéramos hecho una encuesta en Israel y hubiéramos ido por la ciudad y por los campos y hubiéramos preguntado, ¿quién es el hombre con mayor integridad entre ustedes? De seguro que el mayor candidato en el siglo VIII antes de Cristo hubiera sido Isaías, el pilar de la comunidad, el modelo de virtud. El hombre que ya era distinguido por su aparente rectitud se acaba de encontrar con el Dios viviente y ha salido deshecho. ¿Es de extrañar que las personas eviten estar muy cerca de un Dios santo?

Como lo he dicho antes, lo que pasó en el mismo instante fue que, por primera vez en su vida, Isaías realmente entendió quién era Dios. Y la reacción inmediata y la consecuencia fue que, por la primera vez en su vida, Isaías conoció quién era Isaías. Evitamos el contacto con lo santo porque sabemos que no somos santos. Pero tratamos de reprimir tal evaluación. No queremos oír que no somos santos. Queremos que la gente nos diga cuán grandes somos, cuán rectos somos y cuán virtuosos somos.

Una de las cosas más peligrosas para mí, o para cualquier ministro, es hablar acerca de la santidad de Dios porque, tan pronto lo hacemos, tenemos gente que se apresura en venir para decir, “oh reverendo, tú debes ser tan santo, porque solo una persona santa amaría esas cosas”. Y digo, “esperen un minuto. Si estoy obsesionado y preocupado con la santidad de Dios, no es porque sea santo. Es porque no lo soy y lo sé. Y sé que mi única esperanza descansa en un Dios santo que está preparado para perdonarme. No hay otra forma posible de seguir en pie, no puedo engañarme a mí mismo”. Y todas las bromas terminaron para Isaías. Un vistazo de la develada santidad de Dios, y él se desintegró. “¡Ay de mí! que soy muerto, porque siendo hombre inmundo de labios”. Tengo una boca sucia. Mis labios revelan mi carácter. Las cosas que digo no son puras. Miento. Blasfemo. Maldigo. Y me doy cuenta en esta instancia que no solo mi boca es sucia, sino que es algo común. Es contagioso. “… y habito en medio de pueblo que tiene labios inmundos”.

Nuestros labios no son limpios porque nuestros corazones no son limpios. “…han visto mis ojos al rey…” Pueden notar que una vez que vio eso, una vez que vio la verdad acerca del carácter de Dios, no se pudo mentir a sí mismo nunca más.

Él se dio cuenta, por comparación, de lo sucio que estaba. El propósito de esto para Isaías y para ti no era destruir su autoestima, sino dejarte entender que la única esperanza posible para la autoestima viene del único que la tiene perfecta y pura, y quien nos acepta a través de la cruz.

Hablaremos la próxima vez acerca de la respuesta de Dios al quebranto de Isaías.

 

CORAM DEO

Nuestro pensamiento Coram Deo para este día tiene que ver con la respuesta de Isaías, su propia reacción personal al ver la santidad de Dios.

Permíteme pedirte que uses hoy tu imaginación. ¿Cómo responderías si tuvieras esa visión? Si pudieras cruzar el velo y mirar sin impedimento a la absoluta y cegadora pureza de Dios, ¿Qué es lo que te haría?

Algunas veces escucho a cristianos hablar de Dios como si Él fuera un amigo, en el sentido de ser como un par. He oído a personas decir eso… y les he dicho, ¿Qué harías si Cristo entrara en esta habitación ahora mismo? Y ellos me han respondido, “Iría donde él, le tomaría de la mano y le diría, vamos Señor, estemos juntos”.
Y les digo, ustedes no saben quién es Él. Si entrara en esta habitación y si tuvieras algún buen sentido, estarías en el suelo sobre tu rostro a sus pies clamando en sobrecogimiento ante su gloria. Y estarías aterrorizado hasta los huesos a la vista del Señor.