Renovando Tu Mente | El himno de los ángeles
La majestad de Dios
8 abril, 2018
Resplandeciente de gloria
25 marzo, 2018

Recibe programas y guías de estudio por email

Suscríbete para recibir notificaciones por correo electrónico cada vez que salga un nuevo programa y para recibir la guía de estudio de la serie en curso.

Transcripción

Era el siglo VIII antes de Cristo cuando Isaías fue llamado por Dios para ser profeta, uno de los profetas más importantes de la historia del Antiguo Testamento. Hemos visto que el siglo VIII fue el tiempo en que el rey Uzías murió, justo el mismo año en que el Imperio Romano empezó con el establecimiento y la fundación de la ciudad de Roma a orillas del río Tíber. Fue en ese momento de la historia en que Isaías tuvo la experiencia de ver los lugares que eran el corazón del cielo mismo. Y como ya lo hemos visto en el texto que registra esta historia, en el capítulo seis del libro de Isaías, Isaías fue capaz de ver al Señor mismo exaltado y sentado sobre un trono.

Y hemos descrito la experiencia de los serafines a quienes se les dieron dos alas para cubrir sus rostros, dos alas para cubrir sus pies y dos alas para volar. En nuestra última sesión analizamos el significado de la estructura de los serafines, y terminé mencionando que no era tanto la naturaleza de los serafines lo que nos interesa aquí, sino su mensaje.

Se nos dice en el capítulo seis de Isaías: “Y el uno al otro daba voces, diciendo: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.” Y como he dicho varias veces, podemos leer este pasaje una y otra vez y perder el significado de peso de este himno de los ángeles, porque hay algo que ocurre en él que es inusual en las Escrituras, aunque no es absolutamente único.

Los judíos tenían varias maneras de expresar el énfasis o la importancia en su literatura, tal como lo hacemos nosotros. Cuando estamos escribiendo y deseamos resaltar algo que es específicamente importante, lo podemos subrayar o ponerlo entre comillas o en cursivas o en negritas o poner muchos signos de exclamación al final de la frase para decirle al lector que eso es algo súper importante.

Bueno, los judíos también hacían todo eso. Usaban este tipo de técnica para enfatizar algo, pero además tenían otra técnica literaria muy interesante para comunicar que algo era importante y eso era simplemente el método de la repetición.

Hay un lugar en el Antiguo Testamento, por ejemplo, donde se describe un pozo grande y he leído varias traducciones diferentes de este pasaje, algunos hablan de un pozo grande, un pozo de asfalto o un pozo de alquitrán o un pozo de pavimento.

Mientras leías estas distintas traducciones, dije: ¿qué clase de pozo realmente era? Bueno, en hebreo todo lo que tenemos es la palabra hebrea para ‘hoyo’ mencionada dos veces seguidas, el vocablo simple para hoyo se repite. Si fuéramos a traducir el texto literalmente, diríamos que era un pozo pozo. Entonces, ¿de qué se trata esto de pozo pozo? Bueno, lo que el escritor judío está tratando de decir es que hay pozos y hay pozos. Un pozo pozo es un tipo de pozo. Un pozo pozo es “el pozo” de todos los pozos. Si alguna vez se caen en un pozo, asegúrense que no se trate de un pozo pozo.

Esto es simplemente una de esas formas extrañas e inusuales que nuestros amigos judíos usaban para poner énfasis o dar importancia. Jesús lo hizo. Cada vez que Él enseñaba a sus discípulos, con frecuencia Él empezaría diciendo: “Amén, amén te digo.” Lo que usualmente se traduce en las versiones antiguas como: “De cierto, de cierto te digo” o en las versiones más recientes se traduce: “De verdad, de verdad te digo.”

Ahora, mis amados, todo lo que Jesús alguna vez enseñó a sus discípulos, fue importante. Nunca salió de los labios de Jesús una palabra sin propósito, nada que pudiéramos considerar como algo completamente insignificante. Y sin embargo, en el contexto de su propia enseñanza, hubo ocasiones en las que llamó a sus discípulos a prestar una especial atención. Sería algo así como estar a bordo de una embarcación naval y en eso se escucha la alerta de que se va a dar un anuncio y luego de los parlantes se empiezan a escuchar las palabras: “Su atención, por favor. Les habla el capitán”. Todos paran la oreja y la atención está centrada en el anuncio que está por venir.

Eso es lo que sucedía cuando Jesús presentaba algunas de sus enseñanzas a sus discípulos, diciendo: “Amén, amén; de cierto de cierto te digo.” Por supuesto que ustedes probablemente ya reconocieron la expresión aramea que usé aquí. Amén, amén, de donde viene nuestra palabra en español: amén. Pero, normalmente cuando decimos amén, será, por ejemplo, al final de una oración o quizá como una respuesta congregacional al predicador.

Cuando el predicador hace un énfasis en alguno de sus puntos, la congregación puede gritar en medio del sermón, “amén”. Es por eso que tenemos un rincón para “amén” en ciertas congregaciones. ¿Y qué significa amén? Viene de la palabra hebrea amut que significa verdad. Así que amén significa es verdad. Pero Jesús hizo algo extraordinario. No esperó por el consentimiento de sus discípulos para afirmar que lo que estaba diciendo era verdad. Él presentó sus enseñanzas con la palabra amén, diciendo amén, amén. Las repitió y los discípulos sabían que esa era su técnica de énfasis para subrayar algo que era de suma importancia.

En otras ocasiones donde vemos esto, es en el primer capítulo de la carta de Pablo a los Gálatas, cuando él está lidiando con la intromisión de una peligrosa herejía que amenazaba con destruir los cimientos de la iglesia. Pablo había estado enseñando el evangelio de la justificación solo por fe, pero un grupo llamado los Judaizantes llegó y quiso mezclar este tema de las buenas nuevas de la justificación solo por fe, una mezcla de obras de la ley con la oferta gratis de gracia y también querían ligar la salvación a los rituales y los ritos de la comunidad.

Y Pablo vio esto como una amenaza grave para el evangelio, así que les dijo a los creyentes de Galacia, dijo: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado…para seguir un evangelio diferente.” Luego continúa y dice, ¿qué? “Si alguno os anunciare otro evangelio, así sea un ángel del cielo, si ellos os anunciaren otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema, sea maldito o sea condenado.” Y después de dar esta gran advertencia y amonestación a los Gálatas, sigue de inmediato con estas palabras. “También ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.” Vemos que Pablo usa esta técnica de repetición para resaltar la importancia y el énfasis.

Ahora, cuando volvemos al texto de Isaías y vemos la canción de los serafines que se pronuncian en respuestas antifonal, de un serafín a otro, “Santo, santo, santo.” Esta respuesta antifonal se llama trisagio o las tres veces santo, donde la única palabra ‘santo’ se repite, no una, sino dos veces. Esta es la única vez en la Escritura donde un atributo de Dios se repite tres veces. Y comprenderán que tres veces es el grado superlativo, el último grado, el grado a la n de importancia, pero lo que leemos en Isaías 6, permítanme leérselos una vez más. Dice, “…el uno”, es decir el serafín, “al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”

Ahora, lo importante es que la canción de los ángeles no es solo santo es el Señor. Ni están cantando santo, santo es el Señor. La canción que cantan es que Dios es santo, santo, santo. Otra vez, en ningún otro lugar de las Escrituras un atributo de Dios es elevado a este grado de importancia.

La Biblia no dice que Dios es amor, amor, amor o misericordia, misericordia, misericordia o justicia, justicia, justicia o ira, ira, ira; nos dice que es santo, santo, santo.

Como teólogo reconozco que es una mala teología tratar de enfrentar un atributo de Dios contra otro, o incluso armar una jerarquía de atributos dentro de la Deidad, lo cual es un error que muchos de nosotros cometemos de vez en cuando. He sostenido discusiones con gente sobre el carácter de Dios, hablando de su soberanía o su justicia o su ira, esas dimensiones del carácter de Dios que son aterradoras para las personas. Y he tenido personas que me han dicho: No creo eso; mi Dios es un Dios de amor.

Bueno, ciertamente la Biblia enseña que Dios es un Dios de amor, pero no podemos acercarnos a las Escrituras como si se tratara de una mesa de buffet donde podemos escoger y elegir esos atributos de Dios, poner en nuestro plato lo que nos apetece y dejar en la mesa, para los otros, lo que no nos gusta, porque Dios es Sus atributos. Él es todos Sus atributos, de modo que su amor, por ejemplo, es siempre un amor santo, un amor justo y un amor soberano.

De la misma manera, su santidad es siempre una santidad amorosa, una santidad justa, una santidad soberana. Así que, no podemos construir una jerarquía de atributos y decir que uno es más importante que el otro. Pero si tuviéramos que hacer eso, de hecho, a la luz de la revelación bíblica del carácter de Dios, el atributo que destacaría entre los otros, sería el atributo de la santidad.

De hecho, hay muchos estudiosos que creen que la santidad no es simplemente un atributo único, sino que captura y reúne todos los atributos de Dios juntos, porque la santidad señala la majestad trascendente, la grandeza superlativa, la distinción que caracteriza a Dios y lo hace único y lo hace digno de nuestra adoración.

Ahora, quiero que noten que en este texto la actividad de los ángeles día y noche en la presencia de Dios, la cual Isaías tuvo el privilegio de contemplar, fue la actividad de adoración. Su actitud era una de reverencia, de honor y de dar gloria a Dios. Es la naturaleza de estos ángeles el adorar y exaltar a Dios.

Fuimos creados con una naturaleza que fue diseñada para adorar, honrar, venerar, exaltar la majestad de Dios. Pero ahora, después de la intromisión del pecado en nuestras almas, tal adoración y exaltación del carácter de Dios ya no es natural en nosotros. Es extraño a nosotros. Esto es algo que tiene que fluir de un alma renovada, solo cuando Dios el Espíritu Santo cambie la disposición de nuestro corazón, seremos capaces de adorarle en espíritu y en verdad.

Cuando Jesús se reunió con sus discípulos, en el Nuevo Testamento, y sus discípulos le dijeron: “Señor, por favor enséñanos a orar.” ¿Ustedes saben lo que hizo? No solo los dirigió al Antiguo Testamento, a los Salmos y les dijo que se sumerjan en los Salmos y que aprendan de David la actitud y prácticas apropiadas de la oración. Él bien pudo haber hecho eso. Pero, en cambio, en esta ocasión les dio una oración modelo diciendo: “Cuando ores, ora así”. Y luego les dio la oración del Padre nuestro.

La pregunta que a menudo hago a mis estudiantes en el seminario es esta: ¿Cuál es la primera petición que encontramos en el Padre nuestro? ¿Cuál es el primer pedido? ¿Cuál es la primera cosa que Jesús instruye a sus discípulos para que oren?

Cuando piensas en el Padre nuestro y te das cuenta que empieza, “Padre nuestro que estás en el cielo” Una introducción formal. Así es como iniciamos la oración, expresando nuestro respeto por Dios, reconociéndolo como nuestro Padre que está en el cielo. Pero la primera petición es lo que viene. “Santificado sea tu nombre”. ¿Qué significa eso? Jesús dijo, cuando ores, lo primero por lo que debes pedir es que el nombre de mi Padre sea considerado como santo.

Luego continúa y dice, “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”, y sigue…. Y aunque Jesús no dice esto, me pregunto si hay una progresión lógica aquí. Me pregunto si lo que Jesús está diciendo es que a menos que o hasta que el ser humano comience a considerar el nombre de Dios como santo, su reino no vendrá a la tierra, y su voluntad no se hará como se hace en el cielo.

Los serafines entienden el reino de Dios en su morada celestial porque están allá arriba del trono de Dios cantando diariamente, regocijándose por la entronización del rey. Allí, el reino es una realidad visible y los ángeles en el cielo, cada minuto, hacen y hacen a la perfección la voluntad de Dios. Los ángeles en el cielo también entienden que Dios es santo y cantan este himno todos los días.

Cuando las Escrituras hablan de la corrupción de la civilización e incluso de la iglesia, describen una situación en la que no hay temor de Dios entre la gente. Ahora bien, esa descripción no es simplemente una descripción del miedo que expresa el estar asustado o temeroso, pero la importancia de esa idea es que no hay temor en el sentido de admiración o reverencia ante Dios.

Vivimos en un mundo donde el nombre de Dios no es honrado. De una manera frívola, arrogante, caprichosa, el nombre de Dios es usado todos los días en nuestra cultura como una palabra de maldición, como un improperio, como todo, menos como un estímulo para adorar, honrar y exaltar.

Esto es lo que Isaías vio, no la ciudad del hombre, sino la ciudad de Dios. Dio un paso a través del velo, cruzó el umbral y, por un momento, pudo contemplar el santuario interior del cielo y ver la realidad tal como se vive en un plano diferente, en un reino diferente, en el cielo donde en todos y en cada uno de los momentos hay una conciencia aguda y una celebración gozosa de que Dios es santo, santo, santo.

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento de hoy, Coram Deo, ante el rostro de Dios y ante la presencia de Dios, me gustaría que nos fuéramos pensando en el carácter de Dios.

Sabemos que las ideas tienen consecuencias y no creo que haya una sola idea más ajena a nuestras vidas, y aún más necesaria para lograr una transformación completa de nuestras vidas personales y de nuestra sociedad que un despertar a la santidad de Dios, porque no es hasta que comprendamos quién es Dios que podremos captar el estándar, la norma por la cual todo lo demás en este universo, incluido nosotros mismos, debe medirse.

El credo del humanista es homo mensuras, a la medida del hombre. El hombre es la medida de todas las cosas. Esa no es la medida de las Sagradas Escrituras.

En las Sagradas Escrituras, la medida de usted, la medida de su vida no es lo que otras personas hacen o lo que otra gente es, sino el estándar final por el cual usted será medido es el carácter mismo de Dios, cuyo carácter es totalmente santo.