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Transcripción

Continuando con nuestro estudio de la Santidad de Dios, recordamos que estuvimos viendo detenidamente el relato del llamado de Isaías al oficio de profeta y cómo Dios le dio el indescriptible privilegio de dar un vistazo detrás del velo y observar la magnífica visión del Señor exaltado en su trono, en el santuario celestial, rodeado de Serafines, cuyas huestes angélicas clamaron repetidamente una y otra vez: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos.”

También vimos la reacción y la respuesta traumática que Isaías mismo tuvo ante la presencia de Dios. Como pronunció un oráculo de condenación sobre sí mismo diciendo: “¡Ay de mí! Que soy muerto.” Ahora, lo siguiente que quisiera que veamos es todo el tema del impacto traumático –noten que dije traumático, no dramático— El impacto traumático que la santidad de Dios tiene sobre los seres humanos.

Entendemos que el trauma generalmente se asocia con algún tipo de lesión, ya sea física o sicológica, que deja alguna herida, cicatriz o parálisis a su paso. Bien, lo que experimentamos en nuestra lectura de la respuesta de Isaías a la santidad de Dios, el trauma que le sobrevino, debemos entenderlo como un tipo de trauma que no era infrecuente, sino que, a lo largo de la historia bíblica, cuando la gente estaba cerca de la manifestación de Dios, ellos tenían una experiencia terrible, aterradora y devastadora.

Juan Calvino, al comienzo de su famosa Institución de la Religión Cristiana, cuando hablaba acerca de las respuestas humanas a la santidad de Dios, hizo la siguiente observación, la cual leeré brevemente.

Calvino dijo: “De aquí procede aquel horror y espanto con el que, según dice muchas veces la Escritura, los santos han sido afligidos y abatidos cada vez que contemplaban la presencia de Dios.” Luego continúa diciendo: “el hombre nunca siente de veras su bajeza hasta que se ve frente a la majestad de Dios.”

Lo que Calvino dice aquí y en muchas otras partes es que vivimos la vida, en su mayor parte, en un plano horizontal. A veces cometemos el error fatal de juzgarnos a nosotros mismos y juzgarnos entre nosotros mismos, un criterio que la Escritura señala que no es sabio. Calvino dice que nos permitimos adulaciones, considerándonos a nosotros mismo un poco menos que semidioses, hasta que nuestra mirada se vuelca al cielo.

Y del mismo modo que nos es imposible mirar el brillo directo del sol sin dañarnos los ojos, cuando miramos al cielo y observamos el tipo de ser que es Dios, ésa es una experiencia perjudicial para nosotros, al menos psicológicamente. Como dijo Calvino, quedamos devastados por el contraste evidente que existe entre la santidad de Dios y nuestra propia impiedad. ¡Y esto es traumático!

Recuerdo que al comienzo de mi carrera docente, estaba enseñando en un seminario en el campus de una Universidad en Filadelfia, y uno de los cursos que debía enseñar era sobre ateísmo. Les dije a mis alumnos que leyeran las fuentes primarias de algunos de los pensadores ateos más formidables de la historia occidental. Tuvieron que leer obras de Feuerbach, Nietzsche, Kaufmann, Marx, Sartre, Camus y otros; Descubrimos mientras leíamos las obras de estos ateos, que en el siglo XIX había una corriente común entre los eruditos que hablaban acerca del ateísmo.

Ellos no desperdiciaban mucho su tiempo en tratar de probar que Dios no existe. Eso se podía asumir tácitamente. Lo que ellos decían era que si ahora sabían que no hay Dios, después del período de la Ilustración, ahora se les ha dejado con un pregunta de fondo: Puesto que no hay Dios, ¿cómo podemos explicar la presencia casi universal de la religión?

Si Dios no existe y la religión humana no es una respuesta a la existencia de Dios, ¿por qué el ser humano parece ser incurablemente, no solo homo sapiens, sino homo religiosus, que el ser humano, en todas sus culturas, está involucrado en algún tipo de religión.

La pregunta era simple. Si no hay Dios, ¿por qué hay religión?

Muchos de estos estudiosos en el siglo XIX trataron de dar una explicación creíble de por qué se inventó la religión. Creo que la mayoría de nosotros estamos familiarizados con el comentario atribuido a Karl Marx, aunque realmente lo tomó prestado de otra persona: La religión es el opio de los pueblos. ¿Qué quiso decir con esto? El opio es un estupefaciente. Un narcótico es algo que embota los sentidos. Lo que Marx estaba diciendo era que las personas recurren a la religión para aliviar su dolor, para buscar muletas y poder ayudarse a navegar en el mundo problemático en el que vivimos, para aliviar el dolor, para opacar la sensación de estar solos en un universo indiferente.

Bueno, toda clase de personas, como dije, trata de dar explicaciones acerca de la religión y hay un hilo común que las une, y esa es la explicación psicológica del origen de la religión. Y uno de los argumentos más popular y famoso, fue el argumento dado por Sigmund Freud. Veamos lo que dice. Freud, como psiquiatra, creía que el ser humano tiene un sentimiento de temor muy poderoso y sicológico. Le tememos a muchas cosas, a todo aquello que nos amenaza.

Y hay muchas cosas en el mundo en que vivimos que representan un peligro claro y presente para nuestro bienestar. Gente que podría levantarse enojada y atacarnos físicamente, tratando de matarnos, ya sea de manera individual o en gran escala, en una guerra que infunde terror en nuestros corazones.

Pero además de la esfera humana del miedo y el peligro, también existe el reino impersonal de la naturaleza, en especial en épocas anteriores donde no se contaba con protección contra las fuerzas de la naturaleza tal como contamos hoy en día, tiempos donde la gente estaba más expuesta a los caprichos de la tormentas, las sequías, las inundaciones (aunque esos desastres todavía nos asustan hoy en día), tiempos donde enfermedades como el cólera o la peste podían arrasar con poblaciones enteras; la vida parecía más frágil y la naturaleza parecía tan amenazante para nuestra humanidad.

Una de las tareas de la ciencia que percibimos en nuestros días es domar, de alguna manera, esas fuerzas ingobernables de la naturaleza: como el huracán, el tornado, las inundaciones o el fuego. Y esos fueron los términos en que Freud lo explicó.  Él dijo que hemos aprendido a tratar con personas amenazantes. No, no siempre lo hacemos con éxito, pero si alguien manifiesta ira contra mí y viene hacia mí con una actitud hostil, he aprendido formas que para tratar de desarmarlo y reducir su hostilidad.

Podría, por ejemplo, adularlos. Decimos: espera un minuto. ¿Por qué estás enojado conmigo? Soy el presidente de tu club de fans, te admiro. Me encanta tu carácter tan distinguido. Me estás atacando sin razón. O simplemente podemos tratar de negociar con ellos. El asesino viene y me apunta con el arma y digo: espera un minuto, ¿tú no quieres matarme sólo por un par de billetes que tengo en el bolsillo?

Tengo mucho más en casa o en el banco.  Vamos a hacer un trato. Si perdonas mi vida, te daré todo mi dinero. Puedo intentar sobornarlo y ofrecerle regalos o cosas.  O simplemente puedo apelar a su sentido humano de misericordia y ponerme de rodillas, rogarle y suplicarle que me perdone la vida. Hemos visto este tipo de reacciones.

Estas son algunas de las técnicas que hemos aprendido en cuanto a cómo lidiar con las personas que nos amenazan a nivel personal. Freud dijo, …pero el dilema que tenía el hombre antiguo era ¿cómo negociar, dialogar o defenderse del cólera, de la peste, de un tornado, una inundación o un terremoto? Estas fuerzas de la naturaleza que son peligros claros y evidentes para nosotros, son impersonales. No tienen oídos para escuchar. No tienen corazón al que podamos apelar.  No tienen emociones.

Entonces, Freud dijo que la forma en que la religión surgió fue esta. Lo primero que hizo el ser humano antiguo fue personalizar la naturaleza, es decir que ellos inventaron la idea de que la tormenta estaba habitada por algún tipo de espíritu personal. Había un dios de la tormenta. Un dios en el terremoto, un dios en el fuego y había dioses que estaban relacionados con diversas enfermedades. Las enfermedades venían de espíritus malos o demonios. De esta manera ahora se podía aplicar las técnicas usadas contra fuerzas hostiles personales, a las fuerzas impersonales, las fuerzas impersonales de la naturaleza.

Ahora podemos suplicar al dios de la tormenta, rezar al dios de la tormenta, hacer sacrificios al dios de la tormenta y cosas por el estilo, arrepentirse ante el dios de la tormenta, hacer todo lo posible para aplacar la ira de los dioses a fin de eliminar la amenaza. Así que para Freud esa es la fuerza sicológica impulsora del origen de la religión, por la cual la naturaleza, que es básicamente impersonal, ahora es personal y sacralizada, es decir, hecha sagrada. Y empezamos a adorar a la luna o al terremoto o a la tormenta, como muchas religiones lo han hecho.

Estoy fascinado con la explicación de Freud acerca del origen de la religión, porque es posible. Supongamos que no hay dios. Sin duda sería una explicación razonable para entender cómo las personas pudieron volverse religiosas. Es posible, teóricamente, que no haya Dios, teóricamente, y que aun así haya religión.

Sabemos que somos capaces de fantasear. Sabemos que somos capaces de imaginar y así lograr la creencia en cosas que realmente no existen. De hecho, la biblia está repleta de críticas a la religión falsa que hace precisamente eso, en especial con respecto a la adoración de ídolos.

¡Imagínense!, imaginen lo tonto que puede ser el ser humano como para que una persona vaya a su taller, a su mesa de trabajo, tome un bloque de madera o piedra, lo trabaje minuciosamente con sus herramientas y vaya dando forma a esa pieza de madera amorfa y la convierta en una hermosa estatua de un animal o de una persona.  Luego, con cuidado, la lija, la pule y quizá la pinta, después, cuando ha terminado, limpia el piso, devuelve las herramientas a su lugar, y ya al final, se pone de rodillas ante la estatua de madera y empieza a hablarle y a pedirle que le proteja, le libre, le proporcione alimentos y trata a esta estatua como si fuera una deidad. Cuando recién la acaba de hacer con sus manos, de un trozo de madera o piedra.

Y la Biblia realmente se burla de la idolatría, de forma cruda, de todos aquellos que realmente hacen esto, tomar algo que es impersonal y tratarlo como si fuera una persona sagrada. Eso es lo que hace la idolatría. Ahora, creo que Freud ha demostrado que es posible que las personas inventen a Dios si Dios no existiera. Una cosa es decir que una persona es capaz de cometer un crimen, pero eso no prueba que realmente esa persona cometió un crimen. Puedes tener medios, motivos y oportunidades y aún ser inocente. Puedes encontrar diez mil personas más que tengan medios, motivos y oportunidades, pero solo por el hecho de tener medios, motivos y oportunidades, no significa que lo hicieron.

Creo que Freud ha demostrado que el ser humano tiene los medios, el motivo y la oportunidad de inventar la religión.  Eso no quiere decir que realmente sucedió así. Pero tengo algunas preguntas. Y quizá usted ahora mismo también tenga preguntas.

¿Qué tiene que ver todo esto con la santidad de Dios?

Tiene mucho que ver con la santidad de Dios. Porque lo que he descubierto leyendo las Escrituras y lo que deseo mostrar en los días venideros es que, si vamos a inventar un dios que nos redima de la amenaza y del peligro del trauma, mi pregunta es: ¿inventaríamos un Dios, quien en su carácter fuera diez veces más amenazante que las amenazas que hemos inventado para que él las venza? Sí, puedo imaginar que podamos inventar a un Dios que habita en la tormenta y demás, un dios benevolente que se apacigua fácilmente y que incluso pueda ser un dios malo, un espíritu malo.

Hasta podría tener todos las características que le atribuiríamos a iconos religiosos, pero, ¿inventaríamos uno que es santo? ¿De dónde viene eso? Lo que espero que empecemos a ver es que no hay nada en el universo más aterrador, más amenazante al sentimiento de seguridad y bienestar de una persona, que la santidad de Dios.

No creo que podamos crear eso, a menos que seamos masoquistas, porque lo que vemos aquí, a través de las Escrituras, es que el Dios a quien la Biblia revela es un Dios que gobierna sobre la tormenta, sí, que gobierna sobre el terremoto, sí, que es un Dios que reina sobre todas las fuerzas amenazantes a las que tememos. Pero qué Dios, dentro y fuera de él, nos asusta más que cualquiera de esas cosas, y con justa razón, porque entendemos que nada representa una amenaza mayor para nuestro bienestar futuro que la santidad de Dios.

Me sorprende la gente cuando discuto con ellos acerca del cristianismo y, a menudo, me dicen: “bueno, está bien que tengas una fe religiosa en Cristo, pero no siento la necesidad de Cristo”. Y yo les digo, bueno, si Dios es santo, entonces necesitas a Cristo. No hay nada más apremiante en la vida que la necesidad de un Salvador, porque si Dios es santo y él es tu juez, y tú no eres santo, entonces tienes algo que temer, algo que temer que finalmente es mucho más devastador que un tornado o el cólera. Como dice la Biblia, es algo terrible caer en las manos del Dios vivo.

Y entonces, lo que quisiera mostrarles en nuestros próximos mensajes, es el retrato bíblico del carácter traumático de la santidad de Dios, el cual implica una amenaza primaria y fundamental a nuestro sentido de seguridad.

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo de hoy, tengo un par de preguntas simples y prácticas para que se las hagan a ustedes mismos. ¿Usted tiene miedo de Dios? Y la segunda pregunta es ¿Le agrada Dios? ¿Le gusta el concepto bíblico de Dios o es hostil al concepto bíblico de Dios?

Les hago esta pregunta por la siguiente razón: las Escrituras enseñan que, por naturaleza, en nuestra humanidad caída, estamos en enemistad con Dios, no queremos tener a Dios en nuestro pensamiento, pero no somos indiferentes o neutrales con respecto a Dios, sino que hay como un dominio básico que reside en lo profundo de nuestras almas contra nuestro creador.

Y que ese desagrado, ciertamente ese odio, es tan fuerte que cuando Dios se hizo carne, los seres humanos no pudieron esperar hasta destruirlo.

Jonathan Edwards una vez comentó que si Dios mismo hiciera su vida vulnerable y expuesta a manos humanas, no sobreviviría por un minuto.

Así de profunda es nuestra incomodidad en su presencia.